Entrevista a Cristina Guerra: La experiencia de Fábrica Puelagalán en Valparaíso

Cristina Guerra es antropóloga y creadora de Fábrica Puelagalán, proyecto impulsado desde el Consejo Nacional de la Cultura y las Artes (CNCA). En el marco de su participación en el próximo Encuentro Nacional de Innovación, Emprendimiento y Gestión Cultural, organizado por Caja Cerebro, quisimos conversar con Cristina sobre su experiencia a cargo de esta interesante iniciativa, que se articuló con el fin de regenerar el tejido social de Valparaíso luego del incendio del 2014.

¿Cómo surge la idea de crear un espacio como Fábrica Puelagalán?

La fábrica surge como una reacción a partir de una catástrofe tan importante como el incendio en Valparaíso, lo que nos obligó como institución cultural (que además es del Estado), a repensar la programación del año, para que pudiera tener un sentido coherente con la realidad territorial coyuntural. Muchas organizaciones se estaban articulando autónomamente para dar ayuda, y nosotros nos estábamos quedando un poco fuera. Entonces, no parecía coherente tener una programación ajena a un contexto tan especial. Desde esa lógica, lo que hicimos fue poner a disposición el recurso programático, financiero y humano que teníamos destinado a la programación del año, y así fue como empezó todo.

¿Cómo fue el proceso de trabajar con la ciudadanía en el contexto de una tragedia donde se criticó tan fuertemente a la institucionalidad a la que ustedes pertenecían?

Justamente el gran desafío del proyecto fue tratar de generar confianzas. En base a eso, lo primero que hicimos fue hacer un trabajo territorial, entonces contratamos a una persona que estaba trabajando en la zona afectada y que nos sirvió de vínculo, de engranaje. Nuestra intención nunca fue implantar un modelo o un “hacer algo”. Fue un largo proceso que se llevó a cabo como tres meses antes de que se instalara la fábrica, fuimos muy cuidadosos con el tema de cómo se iba a comunicar, a quién se le atribuiría qué, los detalles fueron muy cuidados. Tuvimos muchas reuniones con los líderes vecinales, con las organizaciones que estaban trabajando en terreno. Quisimos ser transparentes con lo que hacíamos y hasta dónde podíamos o no llegar.

¿Cuáles fueron para ti los principales obstáculos y logros de este proyecto?

El obstáculo, como te contaba en un principio, fue con el hecho de lograr ser creíbles para que esto ocurriera. En la gestión misma hay obstáculos administrativos, propios de la política de compras públicas, así como también tuvimos obstáculos comunicacionales: fuimos muy reservados al principio, y a lo mejor debimos haber hecho más ruido, porque trabajamos cuatro meses, pero recién en los últimos dos, cuando se había corrido la voz, estuvo lleno y  fue precioso.

Por otro lado, los principales logros tienen que ver con haber generado un espacio para la ciudad, donde colaboramos con otros ciudadano anónimos. Al principio pensamos que iban a participar más los damnificados , los afectados, pero fue al revés; gente de otros sectores que no se sentían convocados a trabajar en el cerro, venían a trabajar acá porque sabían que se podía contribuir desde el espacio. Entonces, hubo un proceso de apropiación del espacio, donde tuvimos una gran participación, la cantidad de turistas que llegaban era impresionante, muchos niños con sus mamás, la población de adultos mayores, todos iban a aportar desde lo que sabían. Por último, y este fue otro gran logro, nos dimos cuenta de que después de que terminó la fábrica, algunos voluntarios siguieron trabajando colaborativamente en otros lugares.

 

¿Hay algún interés por volver a levantar esta iniciativa u otra similar en este ámbito?

Claro que sí, está la intención de las personas que participaron en el proyecto, de los articuladores y del equipo del Centro de Extensión del CNCA, aunque ya no estamos ahí, y en la institución quedó la intención pero no se ha concretado. Ojalá pudiera hacerse en otro espacio, porque fue una etapa muy enriquecedora, yo sólo tengo buenas experiencias de aquello. Se generó una articulación y redes desde la misma gente, incluso algunos aprendieron un poco de terapia ocupacional. La fábrica era un lugar seguro, intergeneracional, intercultural. Quedamos cortos, ese fue un problema.

¿Crees que este tipo de experiencias contribuye más que la sola idea de realizar actividades en las que el ciudadano no puede incidir?

Yo creo que es bien transformador desde esa lógica, es un cambio paradigmático de todas maneras. Darse cuenta de que hay momentos en los que se puede construir una ciudad más integradora, implementando metodologías que articulan a la gente. Eso no quiere decir que el otro modelo está mal, sólo es distinto, es más difícil, requiere de otras habilidades culturales, pero hay una tendencia mundial a trabajar más con la ciudadanía, lo nuevo es la decisión que uno puede tomar con respecto a un proyecto, ese cambio de switch. Si no hubiera ocurrido el incendio, probablemente no habríamos experimentado llegar a un nivel tan extremo de participación. Eso tiene que ver con una reacción y lógica que requiere equipos multidisciplinarios y aprender a leer lo que las personas necesitan, lo que está pasando a tu alrededor, ese fue el mayor desafío.

 

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