Chile y sus constantes comparativos

Por Eliana Alvarado

Sucede en ambas direcciones y casi para todos los ámbitos. El país mira a otras latitudes cuando quiere definir qué tan buena o mala es su situación. El foco depende, claro, de la intención del comparativo: hacia Europa para lo bueno, hacia el resto de Latinoamérica para lo malo.

A propósito del nuevo acrónimo de moda, “Chilezuela”, es válido recordar que el término promovido por la diputada electa Érika Olivera no ha sido la única ocasión en que Chile se compara con otros países. Basta con traer a la memoria expresiones similares. Por ejemplo, que Chile va a ser Cuba, cuando se habla de ideologías comunistas en algunos políticos. O que Chile ahora es como Colombia, por el tráfico y consumo de droga.

Mención aparte es “Chile se está convirtiendo en México”, en referencia a la inseguridad y la corrupción. Expresión que, como mexicana radicada temporalmente en Chile, no podría desestimar más cuando comparo la vida en ambos países. Pero cuando se habla de la estabilidad de sus gobiernos y su creciente economía en algunos periodos, ahí se mira al otro lado del Atlántico, para identificarse como “la Europa de Latinoamérica”.

Es aventurado atribuirlo a una falta de identidad, pero Chile es un país acostumbrado a compararse con otras naciones. No son malos los comparativos, lo malo es quedarse ahí. Hay que considerar que las realidades de todos estos países no son precisamente extrapolables entre sí. La geografía, la historia, las costumbres de cada nación, hacen que sea imposible adaptar los contextos.

¿Cómo esperar que Chile, con su histórica recuperación económica en las últimas décadas, de pronto se empobrezca como otros países que hace años están en crisis? ¿Cómo esperar que Chile, el último territorio de América, sea equiparable en violencia y narcotráfico a países con décadas de producción de drogas o que comparten frontera con Estados Unidos?

Más que hablar de “Chile convirtiéndose en (inserte aquí el país)”, sería mejor construir los proyectos desde la realidad local. Sí, tomar los buenos ejemplos de otros lugares, pero no vivir esperando ser como otros (o lo contrario).

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