Columna

A 260 kilómetros de la costa

26 Nov , 2016  

En un pueblo fronterizo boliviano llamado Pisiga unas monjas reciben en su casa de acogida a los migrantes que “rebotan” en la frontera chilena. “En mi casa tengo el apartheid”, dijo una de esas religiosas a la comisión del Instituto Nacional de Derechos Humanos que las visitó en 2013.

Hace dos años en medio de una investigación sobre la creciente migración hacia Chile, pude conversar con las dos monjas que atienden este refugio. Ambas son chilenas. Me mostraron maletas llenas de ropa, electrodomésticos y fotografías, dejadas por colombianos que pensaron que por moverse a otro país latinoamericano, iban a ingresar sin mayores problemas.

Después de ser rechazados en la aduana chilena, los migrantes quedaron abandonados a su suerte en Pisiga, sin dinero para volver. No les quedó otra que cruzar la extensa pampa por la noche hasta Colchane, el primer pueblo chileno a una hora de camino a pie aproximadamente, y dejar sus pertenencias encargadas a las monjas. “Pero nunca vuelven a buscarlas”, me explicó la encargada del refugio.

La casa de las monjas da techo a todos los que puede. “A todos los que puede”, porque están imposibilitadas de albergar, por ejemplo, a los dominicanos.

Las monjas me confesaron, con algo de vergüenza, que como los dominicanos no tienen visa, no pueden ser acogidos. “La policía boliviana viene a registrar la casa cada cierto tiempo y si pillan a alguien sin visa, nos pueden acusar de tráfico de migrantes”, explicó.

En ese mismo viaje encontré a un migrante dominicano en Colchane, a las seis de la mañana, haciendo dedo para intentar llegar a Iquique. Había cruzado ilegalmente la pampa por la noche. “Me robaron todo en el viaje, ya no tengo nada”, me dijo mientras tiritaba de frío.

Este fin de semana encontraron muerta a una dominicana en esa misma frontera. Probablemente falleció por hipotermia y se especula que pudo haber sido engañada por coyotes, que después de quitarle todo, la abandonaron.

Esos migrantes no se encontraron con el cerco del río Bravo (entre México y Estados Unidos, y que Trump quiere ampliar), o las mallas de Ceuta y Melilla (entre Marruecos y España), sino con un muro invisible pero igual de difícil de cruzar, un desierto que los aleja 260 kilómetros de su objetivo: la costa y una nueva vida.

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