Entrevistas

Héctor Hernández Montecinos: más poesía que años

10 Ago , 2016  

El poeta y ganador del Premio Pablo Neruda 2009 se prepara para su última gran performance: la renuncia a la escritura de la poesía. Con solo 36 años ha publicado más de 40 libros. Aquí relata cómo Raúl Zurita se convirtió en su primer lector, el  accidente que lo llevó a mudarse de barrio y el día que echó a su padre de su casa, entre otros pasajes de su vida.

Héctor Hérnández Montecinos: "Me gusta decir que tengo más libros que años".

Héctor Hérnández Montecinos: “Me gusta decir que tengo más libros que años”.

Por Vanessa Leal Soto

El 13 de septiembre de 2002, un auto chocó otro auto en el barrio Bellavista y un poeta salió herido. El conductor del primero, nieto de un empresario, huyó dejando atrás a Héctor Hernández Montecinos, quien había sido atropellado por el segundo auto.

Una hora después, a las tres de la mañana, Hernández Montecinos −chileno, poeta, editor, gestor cultural, académico− esperaba ser atendido en el pasillo de la emergencia del Hospital de Urgencia Asistencia Pública, la Posta Central. Había perdido sangre y tenía un hueso expuesto, pero no fue sino hasta las 7 am que le inyectaron morfina para calmar el dolor. Esa mañana, los abogados del empresario se aparecieron en el lugar para decirle que se iban a encargar de él y que lo llevarían a una clínica privada, pero el poeta sintió temor y les dijo que solo se trasladaría en una ambulancia de la Posta al Hospital Clínico de la Universidad Católica, en donde se sentiría más seguro porque estudiaba letras hispánicas en esa universidad. Tres semanas después, abandonó el hospital con fierros en la pierna izquierda.

En 2003, se mudó con su mamá y su hermana Gabriela a un departamento en el barrio Lastarria que compró con el dinero que recibió como compensación por el accidente. “Dentro de mi pobreza, esperaba que con lo que me pagaran alcanzara para comprar una computadora para mí y una bicicleta para mi hermana. Con eso iba a estar feliz. Por eso, cuando me dijeron que me iban a pagar el 20% de lo que me correspondía, acepté. No quería saber nada más del empresario ni de sus abogados, y pensé que nunca iba a tener tanta plata para comprar un lugar”, recuerda. 

Infancia y dictadura

Hasta ese momento, Héctor Hernández Montecinos había vivido en el barrio El Salto, en la comuna de Recoleta. Allí pasó su infancia, en plena dictadura militar. Sus padres, Héctor Hernández y María Montecinos, se habían conocido en Santiago luego de que la madre llegara en los ‘70 de Valdivia, en donde aún vive su familia. La pareja se separó en 1993 cuando Hernández Montecinos tenía 13 años y su hermana estaba por nacer.

“Mi papá fue chofer de micro casi toda la vida y creo que ahora se jubiló. No lo veo desde hace un par de años”, cuenta el poeta.

-¿No te llevas bien con él?

“Nunca nos llevamos nada. Él ahora vive con otra familia en Loncura, un balneario. Nunca fue violento, malo o nos pegó, pero yo me aburrí porque no sentía su cariño. Era muy frío, silencioso y reservado. Le dije a mi mamá que quería que se fuera porque me daba pena que el bebé naciera y viviera con alguien así. Mi mamá me dijo que no se podía y yo le respondí que lo iba a echar. Cuando lo encaré, le dije: ‘¿Sabís qué? Va a nacer el bebé y yo no quiero que vivas acá. Quiero que te vayas’. Lo jodí tanto que al final dijo: ‘Ya, me voy, pero acuérdate de que tú me echaste’. Y le contesté que asumiría las consecuencias. Mi mamá no se volvió a casar”.

Hernández Montecinos hizo la educación básica la básica en el colegio Francisco Bilbao, que está frente al Regimiento de Infantería N°1 Buin, cerca de donde ocurrió la Matanza de Corpus Christi en 1987.

“La dictadura fue espantosa. Yo vivía en un sector pobre que quedaba en la periferia, muy político, que estaba custodiado por policías y militares. Los lunes, los militares iban al colegio a cantar el himno nacional y teníamos que estar todos cuadrados y con susto porque tenían armas. Siempre teníamos miedo de que nos mandaran al regimiento por portarnos mal y muchas veces nos sacaron corriendo porque había aviso de bomba. Si querían hacer un atentado al regimiento, lo que estaba más cerca era el colegio y era fácil entrar”, relata el poeta.

Novísima Poesía Chilena

Hernández Montecinos entró a estudiar como becado a la Universidad Católica en 1998. Allí, en una clase de lengua española, leyó un cuento suyo que atrajo la atención de una compañera, que luego sería, junto a él, representante de la Novísima Poesía Chilena: Paula Ilabaca.

“Ella y yo éramos diferentes en términos socioeconómicos; los marginales de la carrera que sentían que los miraban raro”, dice el poeta.

Ilabaca, sobre aquel día, recuerda: “A mí me gustó mucho su cuento. Me acerqué a él para decírselo y se emocionó. Ahí nos hicimos amigos”.

-¿Cómo era Héctor entonces?

“Era muy tímido y callado. Nada que ver con como es ahora, que tiene proyección pública. Con las lecturas que hicimos en la universidad comenzó a abrirse”, continúa.

-Y cuando escribe, ¿cómo es?

“Entra en un trance. Se aísla y cuesta comunicarse con él”, termina la poeta.

Al año siguiente, en un taller de poesía en Balmaceda 1215 que estaba dirigido por Sergio Parra, entre otros autores, se formó la Novísima Poesía Chilena como alternativa a la poesía de los ‘90.

“Estábamos en el segundo año de la universidad y Paula ya escribía poesía fantástica. Yo quería ser dramaturgo, pero me había inscrito en letras porque quería aprender a escribir. Paula me dijo que fuéramos a Balmaceda porque daban talleres gratis y se podía estar con escritores de verdad. Entonces me gustó la poesía y le dije chao al teatro. Ahí se armó un grupo con poetas como Gladys González y Felipe Ruiz”, cuenta Hernández Montecinos.

-¿Qué los diferenciaba de lo que hubo antes?

“Nosotros encontrábamos que la poesía de los ‘90 era literatosa, falta de vida, de lo contingente; muy pretenciosa. Y nosotros, como veníamos de la calle, pusimos el tema de la homosexualidad, las drogas y la represión en los poemas; temas sucios que en la poesía de entonces no estaban. Nuestra alianza era más bien con los ‘80, con lo que se hizo en dictadura. Escribir en estado de emergencia o excepción te condiciona a ser más atento a los signos; a ser abierto a diferentes posibilidades o materiales de escritura, cosa que siento que pasa en la época de hoy, a la que yo llamo “hiperdictadura”. El mundo cambió después del atentado a las torres gemelas en tanto se multiplicaron los sistemas de control, de vigilancia y de seguridad. La policía asumió otro rol social cuando se instaló la posibilidad de que el enemigo estuviera a tu lado; del enemigo interno. Esa hiperdictadura hace que la poesía vuelva a pensar nuevamente el control, el autocontrol, la censura, la autocensura y el enemigo interno”, dice el poeta.

Zurita, el primer lector 

En 1999, Hernández Montecinos ganó el concurso nacional Poesía Online, que tenía como jurado a Raúl Zurita y Carmen Berenguer, entre autores. El día de la premiación en La Moneda, después de haber leído el poema ganador, se le acercó un hombre para felicitarlo porque su poema era “fantástico”. Le dio un papel con su teléfono anotado para que lo llamara para juntarse; quería saber lo que estaba escribiendo. Paula Ilabaca, que se encontraba con él, le dijo que quien le había hablado era Raúl Zurita, a lo que él contestó: “¿Quién es?”. Ella le explicó que era un poeta importante que se había tirado amoníaco en los ojos, quemado la mejilla y masturbado en público. “Uy, qué miedo. No quiero saber nada de ese viejo”, dijo Hernández Montecinos. Guardó el papel y se olvidó del asunto.

Al año siguiente, Zurita fue profesor residente en la Universidad Católica, en donde dio un taller literario. Hernández Montecinos tomó el curso y un día se acercó a Zurita en el patio. Él lo recordó del premio y le preguntó: “¿Qué has escrito desde el año pasado hasta ahora?”. Hernández Montecinos contestó que mil páginas. Zurita, asombrado, le preguntó si escribía poesía desde antes, y Hernández Montecinos le respondió que no. Entonces el premio nacional le dio dinero para que imprimiera y anillara sus textos porque quería leerlos.

“Nos juntamos y me dijo que había leído todo y que yo era un genio, el primer poeta del siglo XXI. Que mi obra había que publicarla. Buscó editoriales, pero publicar un libro de mil páginas de un pendejo de 18 años no se podía. Finalmente, contactó a Ediciones del Temple para que publicara ‘No!’, que fue mi primer libro, para el que tuve que elegir 100 páginas. Le pregunté si estaba bien lo que estaba escribiendo porque en un taller me habían dicho que escribía mucho. Me respondió que siguiera así, que lo que hacía era maravilloso; que entendía el diagrama que había hecho”, recuerda. “Fue el primero que me leyó. El primero que me dio ánimos para escribir. El primero que habló sobre mí en otros países. El primero que entendió mi obra. Su generosidad conmigo ha sido casi la de un padre”, dice Hernández Montecinos.

Arquitectura de la mentalidad 

Cuando el poeta comenzó a escribir, en 1999, vislumbró una obra que se dividía en tres partes. Esta trilogía lleva por nombre “Arquitectura de la mentalidad” y comprende tres tomos de los cuales ya han sido publicados dos libros que superan las dos mil páginas: “Debajo de la Lengua” (2009) y “La Divina Revelación” (2011). El primero reúne lo que el poeta escribió entre 2007-2009, y el segundo entre 1999 y 2011. El último libro está inédito y se llama “O4”. Dejó de escribirlo en el 2012.

Uno de los 40 libros que ha publicado Hernández Montecinos.

Uno de los 40 libros que ha publicado Hernández Montecinos.

“Se me ocurrió hacer una trilogía por la tragedia griega, que a mí me interesa mucho. Está dividida en tres partes que son independientes pero que, a la vez, dialogan entre sí y conforman una unidad. Cuando yo pensé estos tres libros hice un dibujo, que es la manera en la que me acostumbré a escribir. Hay poetas que escriben, juntan los poemas y luego arman un libro. Yo armo el mapa para que haya una continuidad. Es un método extraño; un trabajo muy mental”, explica Hernández Montecinos.

La última parte, “O4”, era un texto que estaba pensado por el poeta como si fuera un PDF o una memoria extraíble encontrada en el 2500. Pero luego lo alejó de la ciencia ficción y lo acercó a lo autobiográfico.

“Ahora estoy investigando la poesía proyectiva, que es un tipo de poesía investigativa en la que uno junta fotos y textos antiguos. Después de que termine este libro, voy a cerrar el proyecto y ya no voy a escribir más poesía”, dice.

-¿Para siempre?

“Sí. Parte del proyecto incluye su fin. Estoy en un buen momento literario y creo que hay que abandonar el barco… Yo hice harta performance a principios de los ‘90, y una última performance sería dejar de escribir; la renuncia a la escritura de la poesía”.

-¿Y cómo te vas a obligar a dejar de escribir?

“El otro día hablaba con unos amigos que están haciendo una obra de teatro de cuando ellos entran y salen del personaje. Yo les decía que nosotros estamos adentro del sistema de la sociedad por muy críticos que seamos. La pregunta es cómo nos salimos, cómo hacemos pequeñas triquiñuelas para fugarnos del modelo. Donde hay ciertas cosas que están desgastadas, como la idea del compromiso a algo, la renuncia me parece que es un gesto político. Hay un sistema que te ofrece mil cosas ante el que uno puede decir: ‘Está bien, pero renuncio a él. No quiero esto ni esto otro’. En la medida en que uno puede renunciar encuentra autonomía, que es lo más cercano a la libertad”.

El poeta, quien se confiesa detractor del cuento y el cine, ha comenzado a escribir alrededor de 15 novelas que han terminado convertidas en poema.

“Son novelas experimentales, raras. Lo que hago cercano a la narrativa son los estados de Facebook, que escribo cuando me baja la nostalgia por mi mamá, mi papá, mi hermana o mis amigos. Los empecé a juntar y ordenar, y tengo una buena cantidad de escritos íntimos que podrían ser un librito autobiográfico. Aparte, aún tengo unas agendas y cartas que le mandé a mi mamá y a mi papá cuando era niño”, relata.

-¿Qué dicen esas cartas?

“La primera carta la escribí a los 8 años. Había visto en la tele que unos extraterrestres habían llegado a una plaza de un pueblo de Rusia y habían raptado a un niño. Yo me impresioné tanto que le envié una carta a mi mamá en la que le decía: ‘Me voy  portar bien. Te quiero mucho’, por miedo a que los extraterrestres me llevaran. Son cartas delirantes que, de algún modo, no le importarían a nadie, pero que tienen un valor porque son las de un niño con imaginación, que luego derivó en un escritor de 36 años”.

-¿Por qué odias los cuentos?

“Todo cuentista hace un decálogo del cuento perfecto. Y un género literario que pretende ser perfecto me cae mal. El cuento tiene esa prepotencia y soberbia de creerse compacto y con buen remate; tiene pretensiones estilísticas. En cambio, en las novelas hay partes de relleno, y en los libros de poesía hay poemas que no siempre son los mejores, pero que sirven de transición a otros temas. La diferencia es que en un poema el relleno no lo es tanto. Todo tiene un sentido. Si pasó un gato por la ventana, para mí, tiene que ser fundamental para que esté en el poema”.

Un día de 2012, Hernández Montecinos estaba en camino a comprar pan cuando vio a un niño jugando con unos soldaditos de plástico, mientras su papá regaba las plantas. El papá miró el cerro que su hijo había hecho con los soldaditos y lo mojó con la manguera. Entonces el niño dijo: “Papá, morí en el río”.

“Cuando el niño dijo eso tuve una especie de revelación y me imaginé lo siguiente: El niño murió en el río. Es de noche en un bosque y el padre mete la mano para sacarlo del agua. Está muerto y lleva años así. El niño lo ve pero el padre no. La mamá está en la casa, a la que van llegando los coyotes, que avanzan desde el bosque”, relata el poeta. “Vi esa imagen en un segundo y me devolví a la casa para empezar a escribir. Desconté que fuera un cuento, pero pensé que podía ser una novela porque la empecé a escribir en prosa, con puras frases cortas. Escribí unas 20 páginas de una sentada y después me dije: ‘No, no hay caso. Esto es un poema’. Y lo corté en versos cortos. Yo creo que es lo mejor que he escrito y me ayudó a pensar que si eso fue lo último que escribí, no creo que escriba algo mejor”, dice Hernández Montecinos.

-¿Crees que, de alguna manera, rechazas la novela?

“Algo me pasa con la novela; con la tensión. El otro día estaba con un amigo que es cineasta y el me preguntó que cuáles películas me gustaban. Yo le dije que no me gustaban. Él me respondió: ‘Odias los cuentos y las películas. Estás loco’. Es que las películas, al igual que las novelas y las series de televisión, me dan lata porque requieren mucha concentración”.

Una herida llamada México 

En el año 2008, Hernández Montecinos se fue a vivir a México D.F. El año anterior había visitado por segunda vez el país para asistir a un festival y había conocido al poeta mexicano Yaxkin Melchy. Empezaron una relación y Hernández Montecinos regresó a Chile a reunir dinero para irse a vivir con él.

“Él es el mejor poeta mexicano joven. Es alguien que está muy comprometido con la poesía y que hizo mucho por su generación. Juntos hicimos una editorial cartonera y encuentros literarios con los poetas jóvenes”, cuenta.

Al principio, vivía con Melchy, la mamá y la hermana. Pero luego la pareja se mudó sola a un apartamento que la madre de Melchy le compró en la colonia Navarte, entre la Universidad Autónoma de México y el Palacio de Bella Artes. En 2009, a los 29 años, Hernández Montecinos recibió la noticia de que había ganado el premio Pablo Neruda, que se le otorga a autores menores de 40 años cuya obra resulta significativa para la literatura chilena contemporánea.

“Me gustó que me premiaran porque me fui de Chile muy incómodo y decepcionado del campo cultural. Me estaban atacando mucho desde la academia y otras partes porque le hice una crítica muy fuerte a los poetas de los ‘90”, dice el poeta chileno. “Yo pensé que el premio iba a apaciguar las aguas, pero fue otro escándalo más porque era joven y decían que no me lo merecía, o que si me lo merecía me lo tenían que dar después, cuando estuviese cerca de los 40. Otros decían que yo tenía hartos libros, una obra, y que no necesitaba esperar a esa edad. Era un premio que habían ganado Raúl Zurita, Diego Maquieira y Gonzalo Millán, que son poetas que me interesan. Fue muy bonito y me emocionó”.

En 2012, terminó su relación con Melchy y se fue a vivir a Colima, a unas 8 horas de México D.F. Allí trabajó fomentando la lectura en pueblos, con niños y campesinos. El duelo de la ruptura, dice, lo atravesó con ayuda de ese apostolado.

“Renuncié a esa relación porque quería dejar que Yaxkin tuviera su espacio y brillara. Él es más joven que yo y sentía que el premio me había puesto nuevamente en escena. Me sentía culposo de que mientras más destacaba yo, más se opacaba él junto a mí. Estaba con una persona que quería y con la que era feliz, pero la forma en que esa persona podía realizarse completamente sin tener obstáculos en su carrera literaria, era que yo renunciara a ese amor. Y renunciar a ese amor era renunciar a la casa, a los amigos. Dolió y sufrí como nunca antes. Fue la relación más me marcó en mi vida”, recuerda el poeta.

Dos más dos son cinco

Sentado en el restorán Cantábrico de la Alameda, con un vaso de agua en frente y el bullicio de los comensales entremezclado con la música de fondo, Hernández Montecinos cuenta que en 2004, dos años después de haber egresado del pregrado, entró en el doctorado de Filosofía, Mención Teoría del Arte, de la Universidad de Chile, cuya tesis –enmarcada en el arte conceptual en Chile desde la obra de Cecilia Vicuña– se encuentra terminando. La tesis del doctorado en Literatura de la Universidad Católica, el cual comenzó el año pasado, se enfocará en la escritura documental. También, dice, está trabajando en una editorial que se llama ‘Dos más dos son cinco’, a través de la cual se publicará un libro de Paula Ilabaca y otro de la hija de Pablo de Rokha.

-¿Cúantos libros has publicado hasta la fecha?

“La última vez que conté tenía unos 35 libros publicados, así que ahora deben sumar 40, entre libros y antologías que hago de mis textos”, dice el poeta. “Me gusta decir que tengo más libros que años”.

 

Poema “Papá y los colores”, adelanto del libro inédito “04”.

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