Entrevistas

Mónica Echeverría: “Esa fue mi tragedia: quise romper con lo que eran las costumbres y lo que era mi clase”

4 Ago , 2016  

Con 95 años, Mónica Echeverría Yañez continúa vigente. Este año su vida ha vuelto a estar agitada, tras el lanzamiento de su libro ¡Háganme callar! Ha aparecido en radio y televisión dando entrevistas, y en universidades dictando charlas sobre educación. Desde el departamento en La Reina, donde escribió este reciente texto, la profesora, dramaturga, actriz y activista nos habla de una vida que ha pasado desde el dolor a la alegría, desde la libertad a los años de dictadura, desde una vida de lujos al exilio en Inglaterra. 

Por Carolina Núñez F.

Mónica es menuda, de carácter dócil y de buen humor. El ingenio y la claridad al recordar su vida sorprenden en una mujer que ha vivido por casi un siglo. Los estantes con libros y fotografías familiares llenan el departamento que diseñó su marido, el recordado alcalde y arquitecto Fernando Castillo Velasco. Entrar en su habitación es como sumergirse en su mundo. La luz que se cuela desde el ventanal que da a un verde patio interior lleno de plantas, las paredes blancas y el cuadro de colores brillantes que está como respaldo de su cama nos hablan de su alegría de vivir, de la pasión con la que ha llevado su vida y del humor que no se le agota. Su historia bien podría ser el testimonio de los grandes cambios culturales y de ideales que ha tenido Chile del último siglo. Cambios que han quedado grabados en su memoria y en su pequeño cuerpo.

Con tan sólo nueve años, Mónica recuerda haber sido testigo de una de las grandes crisis económicas del país, la gran depresión del salitre de 1929.

-Una lismosnita por el amor de Dios, esa era la palabra, una limosnita por el amor de Dios, una chauchita, una chauchita, por favor.

Son las frases que se quedaron incrustadas en la memoria de Mónica. Con el fin de las salitreras en el extremo norte del país, Santiago se llenaba de una pobreza que no se había visto. Hombres, niños y mujeres en busca de trabajo llenaban las calles y veredas donde Mónica caminaba o junto a su “mamita”, una nodriza que la acompañaba desde pequeña. Mientras caminaban para tomar el tranvía en la Alameda, la pequeña Mónica se encontraba con las miles de personas que llegaban a poblar las veredas de un Santiago en desarrollo. Su impresión fue tan grande al ver a “los pati-pelaos”, como los llamaban en ese entonces, que su clase social, una pujante oligarquía chilena le provocó un rechazo que más adelante la harían renegar de esta.

-Queríamos creer que no existían, pero ahí estaban. Fue en ese momento que me enfrenté a la pobreza de una manera muy dura. Un estado de pobreza y de miseria total, porque se acabó su fuente de entrada. Entonces llegan e invaden la capital. Por todos lados veíamos a esta gente durmiendo en el suelo, en las calles. Teníamos que desviarnos un poco, para hacerlos a un lado. Fue la primera vez que yo me di cuenta de lo que era la miseria, porque estaba ahí. Y eso fue fuerte. Había ahí algo demasiado tenebroso, injusto, que me marcó. Esta pobre gente, estaban todos en fila, estirando la mano.

La pequeña Mónica vivió una vida de lujos, a la que muy pocos chilenos han podido aspirar. A pesar de esto, son pocos los recuerdos alegres que vienen a su mente al pensar en su vida de niña. Y dentro de los pocos que hay, su padre, José Rafael Echeverría, está presente como el compañero de travesuras y de paseos.

-Mi padre era más bien de carácter alegre. Con él, cuando no estaba mi mamá, había siempre cosas más alegres, más entretenidas, más aventureras. Salir a buscar cosas nuevas o a buscar lugares nuevos. Era muy amistoso. Un papá que no estaba sofocado o bajo el dominio de la melancolía de mi madre.

“Con mi papá era muy fácil todo y con mi mamá era muy difícil todo”, se lamenta la dramaturga. La vida junto a su madre depresiva, con la que compartíó sólo su amor y habilidad para la escritura, se hacía, en momentos, inaguantable. La escritora María Flora Yáñez publicó poco antes de morir unas memorias que Mónica cita repetidamente en su último libro. En ellas habla del carácter rebelde de Mónica diciendo: “Esa hija mía continúa insoportable y gritona, aunque sin duda es inteligente y llena de soberbia. Está convencida de su superioridad y parece mirar a los seres desde una gran altura. Tiene un genio irascible, y eso que tiene sólo 3 años”.

-¿Qué sintió al encontrarse con estas duras palabras sobre usted?

-No me lo esperaba mucho, pero sentí que yo no me avine mucho con mi madre. No había forma de que pudiésemos tener una mejor relación, ella era muy retraída, muy solitaria. Muy alejada del mundo posible.

A pesar de que sus padres eran tan diferentes, Mónica cree que se casaron por amor y no por apariencias como muchos decían.

-Se dijeron varias cosas cuando estaban de novios. Dijeron que ella estaba aprovechando de casarse con alguien de otra clase social,  de la oligarquía, y mayor que ella. Y de él, que a lo mejor se casaba con mi madre por ambición política (su padre era Eliodoro Yáñez). Se casaron por amor y por pasión, al comienzo, pero después no se avenían para nada. Él era mucho más alegre, le gustaba el ruido, la alegría, las amistades. Ella era más solitaria, era enferma.

El abuelo materno de Mónica, Eliodoro Yañez -“el de la calle”, como lo intenta identificar ella-, fue un intelectual que nació en 1860. Fue fundador del diario La Nación y un destacado político al cual exiliaron durante el régimen de Carlos Ibáñez del Campo. “Desecho y muy triste”, Eliodoro Yañez llega a París donde se encuentra con la familia Echeverría que había viajado a Europa un tiempo antes. La pequeña Mónica pasa sus días en un colegio francés hasta que junto con su familia vuelven a Chile y la matriculan en un colegio de mujeres en el cual nunca se adaptó. Años más tarde, cuando ya era una joven estudiante de castellano en el Pedagógico de la Universidad de Chile, intenta andar de incógnito, ocultando la vergüenza que le producía venir de la clase más acomodada del país.

-Recuerdo, después, cuando ya entré la universidad, cuando iba la casa de alguna de mis amigas de clase media, yo decía: “¡qué felices son ellas!”. Yo encontraba que eran bastante más felices que yo, bastante más. Porque nosotros vivíamos con una cierta dureza y crueldad que era típico de mi clase. De ver poco a las madres y a los padres, de no sentirlos todo el tiempo, digamos, los niños de clase media que yo conocía estaban después todos metidos en la cama con su mamá y su papá y para nosotros eso no existía. Tuve una crianza que me demostró también la soledad.

Mónica dice que estos son "los años de la mujer", con todo lo bueno y lo malo que eso significa.

Mónica dice que estos son “los años de la mujer”, con todo lo bueno y lo malo que eso significa.

En estos años de estudio, la personalidad de Mónica se fue definiendo. El teatro, la actuación y la dramaturgia llenaron gran parte de su vida, convirtiéndola en una mujer muy importante para la escena teatral criolla.

-Bélgica Castro, que estaba en unos cursos un poquito más arriba que yo, me invitó a participar de su grupo de teatro. El Teatro Experimental, de la Universidad de Chile, nació conmigo, en el tiempo que yo estaba en el Pedagógico.

Después de esa experiencia, Mónica decide estudiar teatro en la Universidad Católica, una aventura que duraría casi cuatro años y la cual terminaría abruptamente al tener una pelea con el director de la escuela de Teatro, Eugenio Dittborn. Desde ese momento, junto con Claudio di Girolamo, Jorge Díaz, Julio Retamal formaron un grupo de 11 personas con quienes decidieron fundar el teatro Ictus en 1956.

-A mí me encantó hacer teatro, siempre. O escribirlo, o participar como actriz, participé mucho como actriz, como directora. Para mí el mundo del teatro fue una vocación muy fuerte. El teatro Ictus fue adquiriendo cada vez más originalidad, más presencia, porque hicimos un teatro algo diferente al teatro clásico que existía en ese momento. Comenzamos nosotros a buscar autores europeos desconocidos en Chile, esa fue nuestra primera finalidad. Yo fui directora, entre todo el grupo que dirigíamos esto. Me dediqué especialmente a crear e inventar un teatro infantil que fuera completamente distinto. También buscaba las obras y las traducía. La cantante calva, por ejemplo, que fue la obra de Ionesco, que marcó, digamos, la clase de teatro que a nosotros nos gustaba. Yo la traje de Europa y la traduje. Una obra que volvimos a estrenar hace un año, exactamente.

En paralelo, Mónica Echeverría seguía llevando la vida de una mujer que pertenece a una clase social alta del país. En 1944 se había casado con Fernando Castillo Velasco, un pretendiente que su madre no aceptaba del todo, pero quien llegó a ser su gran compañero de vida.

-Lo conocí… No me acuerdo si fue en una fiestecita o un cóctel, en fin. Me vi obligada (a casarme). Era muy difícil, casi imposible, romper totalmente las leyes a las cuales estábamos sujetas las niñas de la clase llamada alta. Se me ocurre que esa fue mi tragedia. Es que yo fui mucho más adelantada, quise romper con lo que eran las costumbres y lo que era mi clase. Fernando tampoco (quería casarse). Pero nos arrastró la fuerza de la sociedad, de lo que imponía la sociedad para poder continuar viviendo, no ser proscrita. Quizás fuimos los primeros rupturistas, en muchos sentidos, de lo que nos exigía nuestras clases sociales.

-¿Se imagina esa vida si no hubiese seguido el camino de casarse, de tener hijos?

-Habría sido bien difícil, era casi imposible no seguir la tradición, a las que estaban sujetas las mujeres. Las pocas amigas mías, dos o tres, tuvieron que irse a Europa, aquí, no podían ser mujeres libres, teniendo compañeros, esas cosas, aquí no se podía. Las costumbres eran tan fuertes que te prohibían todo. Hoy en día, te vas a vivir con tu compañero y no tiene ninguna importancia, hasta el papá y la mamá poco menos que los bendicen y les mandan comida. Hoy día ya pasó a ser una cosa corriente. Al contrario, ¿quién se casa virgen hoy día? Imposible casi, yo diría, y ojalá sea así.

Al terminar sus estudios universitarios Mónica se ganó una beca para ir a estudiar a España. Un lugar que se encontraba destruido por la guerra civil. “Era una España realmente mísera, en muy mal estado”. Una experiencia, que como otras en su vida, terminaría abruptamente con la llegada de una carta de su suegra en que le advertía que sus amigas se estaban “excediendo en atenciones con Fernando más que con sus hijos”.

-Que yo me fuera becada por 10 meses era algo insólito. Estudiar una profesión ya era una cosa; después ejercerla, otra; después irme becada, cerca de 10 meses a Europa, tampoco era normal. Me encontraban semi loca, de malas costumbres. No era la típica mujer de esa época. Mi marido aceptó todo esto. Pero era una excepción. Y eso fue lo que produjo que no me separara de él.

Pasaron los años y su marido se convirtió en el rector de la Universidad Católica de Chile. “Él era un arquitecto, la belleza, ese tipo de cosas le interesaban más que lo intelectual. Y entonces, de repente, se vio metido en un mundo de intelectuales”. Durante esos años, fueron cercanos a personas relacionadas con el gobierno de Salvador Allende, incluso sus hijos mayores, Carmen y Cristián, fueron militantes del MIR. Tras el golpe, la familia Castillo-Echeverría vivió momentos muy difíciles en Chile.

-Era tan el odio que nosotros producíamos en la gente que quería dar el golpe, que eran capaces de cualquier cosa. Nos rompían los vidrios, nos asaltaban acá en la casa, nos cercaban, nos amenazaban por teléfono. Teníamos que meternos todos a las cinco de la tarde a la casa, tú estabas siempre muerta de susto a que te detuvieran. La dictadura fue una época tremenda. Desolada, de inquietudes, miedo, de terror. Porque uno no podía hablar de cualquier cosa. Era lo que es una dictadura, una dictadura que te quita toda la libertad de hablar, de pronunciarse, de decir, no sólo de hacer, si no que de hablar también.

Un año después del golpe militar en Chile, Mónica vuelve a enfrentarse al exilio en Europa, esta vez el destino es Inglaterra, lugar donde podía ir gracias a una beca en Cambridge que le permitiría trabajar. A pesar de este auto-exilio, Carmen, hija mayor de Mónica, decide quedarse y oponerse a la dictadura de Augusto Pinochet. Tras un mensaje recibido por la Cruz Roja Internacional, Mónica se entera que su hija fue atacada por militares en su casa. En esta redada muere Miguel Enríquez, uno de los principales militantes del MIR, quien era pareja de Carmen y padre del bebé que ella perdería al dar a luz. En 1978 deciden regresar a Chile. Es en este tiempo que la escritora sale a la calle a manifestar su descontento por una dictadura que por poco termina con su familia.

-Yo pertenecía a un grupo de mujeres que se llamaba “Mujeres por la vida”. Porque estábamos contra la muerte que estaba instalada en Chile, no es que fuéramos contrarias del aborto, aclara.

Con este grupo deciden hacer distintas acciones “culpando, indicando con el dedo las atrocidades” que se cometían durante la dictadura. Estas intervenciones siempre contaron con el humor y no la fuerza, “como el chancho que tiramos a la calle o como las pelotas de fútbol en el mundial, las que tiramos por los edificios del centro y que decían: “Patea a Pinochet”. Sí, largamos mil pelotas desde edificios altos en el centro. Pasamos mucho tiempo comprando pelotas. Y yo largué esas bien grandes, bien gordas, que tienen como unas dos manillitas de goma”.

-¿Las saltarinas?

-¡Esas! Esa la largué sola, yo, de arriba de un edificio y en esa decía: “¡Pateen las huevas a Pinochet!”. Y esa se la llevaron detenida (ríe). Si lo lindo es que… Bueno no pudieron detener las pelotas, ¿Te das cuenta? Como eran acciones, digamos, con imaginación, que ellos no podían hacerle frente. ¿Cómo le haces frente tú a una cantidad de pelotas que dicen “Patea a Pinochet”? Simplemente se las llevaron a las poblaciones, otras fueron a dar a los lugares más raros, y después la “¡Pateen las huevas a Pinochet!” fue la única detenida, pero es como ridículo. Es lo mismo que lo del chancho. Hacíamos acciones para molestar.

La última intervención que hizo el grupo fue pasear por la calle con unas figuras humanas hechas de plumavit de dos a tres metros. Con las cuales recorrieron por dos horas el centro de la ciudad, en silencio.

-Esa fue la más linda de todas. Adelante (de la figura) decía el nombre, ¿qué sé yo?, tal fulanito, “yo fui torturado y fui ejecutado”, “yo soy un detenido desaparecido”. Y con el nombre. Estaba desde Salvador Allende y la gran mayoría de detenidos desaparecidos. Entonces, les pedimos a los familiares de ellos que la llevaran. O sea, la imagen iba adelante. Y como no metíamos bulla ni gritábamos, no se dieron cuenta que era una acción contra Pinochet. O se demoraron mucho. A las dos horas, hora y media que nosotros caminábamos en paso bien lento, con estas imágenes, comenzaron a darse cuenta. Y entraron a matarnos. Entonces dejamos las imágenes puestas en las tiendas, puestas alrededor de la catedral y nos fuimos.

Su marido, por otro lado, también era un activo participante de algunas manifestaciones distintas a las que hacía Mónica. Para ella estas acciones eran como una alerta que les demostraba a los militares que había personas que se oponían al régimen dictatorial.

-Sí era muy triste, era un poco patético todo lo que te estoy contando. No eran grandes cosas, ni gritos, ni canciones. Era para demostrar que estábamos aquí. Con Fernando hicimos resistencia, pero nunca nos contábamos en qué estábamos, porque si caía uno, caía el otro. Era una manera de defendernos. Porque con las torturas hablas todo lo que no tienes que hablar.

Con el lanzamiento de su libro ¡Háganme callar!, Mónica Echeverría Yáñez pretende una vez más abrirle los ojos a una sociedad indolente, que no quiere ver lo que pasa a su alrededor, como los “pati-pelaos” que dormían en las veredas de las casas de Santiago de los años 20. Acusar a quienes, según ella, cambiaron sus ideales por seguir al dinero.

-Este libro fue escrito en un estado de irritación, de rabia, de desconcierto. Contra gente que yo suponía y creía idealista. Mis amigos que se tomaron la Universidad Católica cuando eran jóvenes estudiantes. Fue el cambio de alma, de corazón, de sentimientos, de una cantidad de gente que fueron nuestros amigos. Y entonces, ante eso, me siento como una líder, que debe abrirles los ojos, que debe acusar y amonestar a esta clase que permanece con los ojos cerrados ante la miseria que todavía existe en este país.

-Usted los llama “unos frescos de mierda”, por lo fácil que les fue darse vuelta la chaqueta. 

-¿No es cierto? Claro, pero ellos tenían menos derecho todavía, porque ellos creyeron en la Unidad Popular. Fueron arrastrados por la Revolución en libertad y por toda la Unidad Popular. Y después, bruscamente deciden que no, que su destino tiene que ser otro, y vamos con fuerza, con su potencialidad, con su riqueza, aplastando a todo el resto.

Del mundo en que vivimos hoy, Mónica destaca que estos son los años de la mujer, “con todo lo bueno y lo malo que eso significa”. Un momento marcado por “siglos de desesperación y de acumular odios y fuerza que ahora ya estallaron. Un estallido de la mujer tras demasiado tiempo de esclavitud”.

-Vamos a ver como lo hacemos, porque hasta ahora no tenemos la capacidad, ni los años, para hacer una crítica sobre eso. Se verá, luego, que fue este aporte. Pero sí se nota que en varios puestos y que en varios temas están sobresaliendo más las mujeres que los hombres. Creo que (ellas) tienen más rabia acumulada, más inteligencias que se perdieron y que se fueron acumulando en las representantes de hoy. Son como las esclavas que de repente tú las largas y aparece algo increíble.

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