columna de opinión

Opinión

Ojo con tu vaso

22 Nov , 2016  

Javier de Iruarrizaga

Tengo un amigo DJ que se llama José Luis. Él estaba en una fiesta en la discoteque “Eve”, en Vitacura, hace algo más de dos meses. Como muchas veces, acompañó a un amigo que pondría música a partir de las 2 de la mañana. Para entrar en calor se compró un par de combinados y se dispuso a escuchar a su amigo. Sin embargo, y con el ímpetu amistoso de las piscolas, comenzó a entablar amistad con unos extranjeros que parecían colombianos. A las 1:50 de la mañana mandó a mi grupo de amigos un video con estas personas. Esa sería su última conexión.
Despertó caminando. Su cerebro volvió a la conciencia mientras deambulaba sin destino por Apoquindo, llegando a Gertrudis Echeñique. Desconcertado por aparecer en esas circunstancias se revisó los bolsillos. Nada. Ni teléfono, ni billetera, ni llaves. Le habían robado todo. ¡Y qué dolor de cabeza! Como asiduo bebedor compulsivo, José Luis conocía las manifestaciones de la resaca en todas sus aristas, y este martirio que lo acosaba sin duda era algo distinto. Trató de hacer memoria y lo último que recordó fue ese video grabado con los colombianos. ¡Mierda! Se revisó las partes pudendas y constató que no había sido ultrajado, al menos a primera vista. Tomó un taxi y partió a su casa. En ella constató que se habían hecho tres giros con sus tarjetas: Le habían robado 400 mil pesos en tres sucursales distintas. Con la suculenta resaca que lo partía en dos, fue a una de las sucursales y pidió revisar los videos de seguridad: Se vio a si mismo muy relajado sacando el dinero, sin nadie más en el lugar. Lo mismo en la segunda, y la tercera. Con la idea de que alguna droga le habían dado, partió a examinarse a la clínica donde le dijeron que todos sus síntomas coincidían con la intoxicación por escopolamina, popularmente conocida como burundanga. Esta droga, importada principalmente desde Colombia, es famosa por oprimir la voluntad de la víctima, quien al ingerirla pierde la conciencia por horas. Usualmente se vierte la droga en los vasos de los incautos bebedores.
Con ira recordó a esos nuevos amigos colombianos que se había hecho, pero agradeció al menos que fueran ladrones y no pervertidos. Nunca más descuidó su vaso en una discoteque, usted tampoco lo haga.


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