Opinión

Charlatanes en los medios

23 Oct , 2016  

guaton-teton

Luis León Cárdenas
Presidente Asociación de Escépticos de Chile

La aventura del conocimiento nos convoca conjuntamente a todos. De ello depende no solo nuestro disfrute del mundo sino que, derechamente, nuestra supervivencia tanto a nivel personal como de especie. Desde nuestro nacimiento, usamos nuestra capacidad mental para formarnos una idea sobre cómo funciona el mundo a nuestro alrededor, en base a nuestras propias experiencias y reflexiones. El mundo resulta demasiado vasto y complejo como para comprenderlo en su totalidad, por lo que es poco lo que podemos alcanzar a conocer de él durante nuestra limitada y breve existencia individual. ¿Es suficiente para sobrevivir?

Somos afectados por numerosos sesgos cognitivos que fomentan el que nos convenzamos de la veracidad de apreciaciones erradas de la realidad. Hay muchas experiencias que, de vivirlas personalmente, nos costarían la vida… poniendo fin al proceso de aprendizaje, claro. En comparación con todas las observaciones que se puedan realizar del mundo, aquellas que podamos realizar personalmente son necesariamente limitadas en volumen, variedad, imparcialidad y objetividad, sesgando todavía más el conocimiento que podamos construir sobre nuestro entorno. ¿Cómo superarlo?

La contienda es desigual para ganarla en forma personal. Requerimos de ayuda. Nuestros principales aliados serán nuestros congéneres y la memoria colectiva. Así podremos acceder al registro de más experiencias y observaciones, ahora acumuladas de tercera mano. La tecnología también ayuda. Mediante la invención de la escritura se nos abrió la puerta a la memoria histórica universal. Mediante internet y demás tecnologías de la información y comunicación, se nos agrandó el vecindario para intercambiar conocimiento, potencialmente, con toda la humanidad. Los medios de comunicación social permiten la difusión de información en forma masiva y relativamente económica. Falta el insumo.

Si organizamos y sistematizamos el proceso de adquisición de conocimiento, lo que obtenemos es la ciencia. En ella confluyen no sólo las observaciones realizadas sobre la realidad, sino que el refinamiento de los procesos de adquisición de conocimiento, haciéndonos cargo de nuestros sesgos y errores, con el fin de superarlos y producir evidencia de mejor calidad posible. Accediendo a nuestra historia, podemos aprender de nuestros errores, al tiempo que la tecnología nos facilita la difusión masiva del conocimiento obtenido. La Ilustración no abandonaría a ninguno de sus hijos.

Los medios de comunicación tienen un rol social clave, en el sentido de que juegan un rol escencial en la difusión de información. Por tanto, de su actuar, junto con el sistema educacional, depende en gran medida la posibilidad que la población tenga de informarse en forma veraz, expandiendo las fronteras de nuestro conocimiento y, por tanto, abriendo las oportunidades de realización de nuestros proyectos vitales tanto personales como sociales. Los medios de comunicación, por medio de la reiteración, siempre educan. La calidad de esa educación y, por tanto, de nuestra realización, dependerá del contenido difundido.

No todo lo que se ofrece como conocimiento o información ha pasado por el tamiz científico. No sólo es imposible llegar a tal extremo, sino que hay motivos fundados por los que, en determinadas circunstancias, no resulte deseable o interesante que así sea y más valga reservar los recursos destinados a investigación para alguna otra cosa. Lo grave ocurre cuando una afirmación se reviste comunicacionalmente como científica de cara al público cuando, en realidad, no lo es. Tal confusión necesariamente desinforma y perjudica la proyección de las consecuencias de nuestras decisiones, no solo restándoles precisión, efectividad y eficiencia, sino que incluso exponiéndonos a daños evitables tanto en nuestras decisiones personales como sociales.

Desafortunadamente, tanto por radio como por papel, televisión e Internet, la mayoría de los medios de comunicación mantienen en plena vitrina a cuanto charlatán se encuentran, proveyendo permanente escenario a horóscopos, tarotistas, mediums, contactistas, adivinos, terapeutas alternativos, quiroprácticos, homeópatas, floristas de Bach, acupunturistas, reikistas, iriólogos, malagoreros, exorcistas, vendedores de máquinas curadoras, demonólogos, dietistas mágicos, remedios de la abuela, movimientos antivacunas y hasta negacionistas del SIDA y el calentamiento global. “Educando” con su reiterado mensaje, han conseguido no solo perpetuar, sino que incluso incrementar la prevalencia de creencias pseudocientíficas en la sociedad.

Nuestras creencias y nuestro conocimiento precondicionan nuestros actos y, por tanto, nuestra responsabilidad sobre sus consecuencias al afectar nuestra capacidad de preverlas. En consecuencia, no es éticamente irrelevante el adscribir a ideas erradas ni menos lo es su difusión masiva. Distinto es el caso de equivocarnos al pensar, cuestión a la que todos estamos expuestos, sino que la insistencia en la difusión de ideas refutadas, haciendo caso omiso de los contraargumentos y, en el caso de los profesionales del periodismo, ahorrándose el trabajo de investigar a fondo, en consecuencia con el escepticismo propio que demanda su profesión. Súmese a ello el interés económico de los medios por aumentar su audiencia a como dé lugar, para completar la receta del desastre.

A diferencia de los estafados económicos, que al menos conservan la posibilidad de demandar, los muertos por seguir terapias pseudocientíficas guardarán eterno silencio, mientras los vivos terminamos padeciendo las consecuencias de la proliferación de la desinformación. En nuestro país, la judicialización de la vacunación y la proliferación de enfermedades infectocontagiosas prevenibles son el más reciente ejemplo.

Educados así, estas creencias se manifiestan en el ejercicio cotidiano de nuestras labores y funciones. De este modo, la promoción de la pseudociencia se ha institucionalizado, alzando hoy a numerosas carreras de varias universidades, al sistema de salud público, a los fondos de capacitación provistos por el Estado, a congresistas haciendo leyes o presentando recursos legales contrarios a iniciativas de salud pública. Luego, toda la sociedad se ve expuesta a las consecuencias nefastas de las decisiones tomadas en base a conocimiento errado. Sería esperable que fueran los mismos medios de comunicación quienes lo denunciaran y crearan conciencia sobre el problema. Salvo excepciones, lo que ocurre es lo contrario. ¿Quién le podrá poner el cascabel al gato cuando las prácticas pseudocientíficas se aplican a nuestra economía o al cuidado de nuestro medioambiente?

Experiencias exitosas hay. Memorables resultan las caricaturas animadas de Érase una vez la vida y Érase una vez el hombre. Muchos viajamos por la magia de la realidad en Cosmos (y su reciente remake). Hasta hoy sigue vigente Redes, por Televisión Española. La BBC nos deleita regularmente con sus documentales. Mientras tanto, acá le enseñan a la dueña de casa, en los matinales, cómo tratar la neumonía de sus hijos con agua y azúcar; a los jóvenes, en horario prime, que el SIDA no existe, al tiempo que las tasas de infección crecen aceleradamente; a los niños y abuelos se les asusta con profecías y anuncios de terremotos. ¿Nos merecemos tal diferencia?

Para una decisión libre y responsable es fundamental contar con información veraz. Los medios que sucumben a la dulce tentación de vender circo, atentan contra la libertad y dignidad de las personas. El aporte de los medios de comunicación sería invaluable de decidirse por el camino de la ciencia. Nuestra sociedad sería mejor.

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