Entrevista

Claudio Pérez:

“La fotografía sirve para denunciar o para amar”

El fotógrafo nacional, reconocido por su trabajo durante la dictadura militar, habla sobre sus desilusiones y aciertos en ese período y sobre su relación con la fotografía. Este cazador de imágenes se declara un amante de la fotografía y dice que hoy se ha terminado banalizando con la tecnología.
Por Maite Manzanares

Se sienta en su taller de Lastarria, en el que apenas caben tres personas. Detrás de él hay tres fotografías grandes, en blanco y negro, enmarcadas. Ya las vendió. Apoyadas sobre otra pared hay algunas fotos de su muestra en el GAM: Ritos y memoria, antología visual. Aun no sabe qué hacer con ellas. Está lleno de proyectos: se está cambiando de casa; quiere irse a recorrer y fotografiar el Camino del Inca; quiere hacer talleres de fotografía a niños en Isla Negra; trabaja con una comunidad indígena cerca de la frontera con Bolivia desde 2004. Es un hombre inquieto, curioso, apasionado, energético. Es el hombre detrás del lente que ha denunciado, desde 1983, hechos que han violado los derechos humanos en el país.

Este año expuso tres veces: Ritos y memoria, antología visual; Chile desde adentro (ambas en el GAM); y Necrosis, en el Centro Experimental Perrera Arte, que muestra el deterioro de las imágenes de detenidos desaparecidos que él mismo instaló, 16 años atrás, en el memorial del Puente Bulnes. También ha expuesto en Italia, Holanda y Francia. Ha publicado sus fotografías en Newsweek (EE.UU), Gatopardo (México), L’Express (Francia), La Reppublica (Italia), entre otros medios internacionales españoles, polacos y suecos. Su recurrente temática ha sido la memoria y los derechos humanos.

—¿Qué significa para usted la fotografía?
—La fotografía es un amor. Yo me declaro, más que un fotógrafo profesional, un fotógrafo amateur, quien ama lo que hace, un amante. Por supuesto que se conecta el arte con la fotografía, porque el mundo lo ha conectado así, pero yo sigo postulando que el fotógrafo es un desarrollador de la imagen. Como decía Cartier Bresson, uno anda siempre, entre comillas, viajando. Andas apuntando, tú andas apuntando en una libreta y yo ando apuntando en una cámara. Es un placer y también un compromiso. Me produce un placer hasta físico, casi orgásmico, no sé cómo decirlo. Yo creo que el periodismo tiene lo mismo, uno quiere saber las cosas, descubrirlas. Yo descubrí la cámara.

Tiene una vasta colección de cámaras, la mayoría son análogas: algunas de plástico con las que sacó las fotografías, en gran formato, colgadas detrás de él, en su taller. Una Leica M6, que aún conserva con su lente 35 mm; una Contax G1; y una Nikon automática, también con rollo. En cuanto a las digitales, tiene una Fujifilm X100 y otra profesional, una Canon D6, full frime. Sigue creyendo que el lente de 35 mm es el ideal para el ojo. Dice que es parecido al ojo humano.

 

—En verdad, uno siempre anda con su cámara en el bolsillo, porque yo creo que todos los días hay imágenes que te llaman la atención, por el color, por la luz, y todo eso tiene una conexión con tu pasado, con tu vida, con un recuerdo, con un amor, con algo que viste cuando niño, en una película. O sea, es tu bagaje, tu maleta histórica, tu historia, tu vida. Siempre va a haber una conexión. Y por eso haces fotografía, porque hay un momento en que haces ‘click’. No es que lo pienses, te llega en el alma y en el recuerdo. Es tan eficiente la fotografía en ese sentido, como una máquina, como un objeto o un instrumento. Es una herramienta tan amable y tan rica que te captura algo en una milésima de segundo. Como decían los Selknam: “Cazadores de sombra”. Yo soy un cazador.

 

“La fotografía es un amor. Yo me declaro, más que un fotógrafo profesional, un fotógrafo amateur”

 

Claudio nunca estudió fotografía, estudió diseño, pero siempre le gustó. A los cuatro años tuvo un encuentro determinante con la imagen: llegó a su casa el primer televisor del barrio. Ahí veía imágenes en blanco y negro, y para él era impactante. También, a veces, se encerraba en el closet con su view master con el que viajaba a través de las imágenes. Aparecía Disney, San Petersburgo, Roma. —Yo creo que la fotografía también es un viaje—. Así comenzó su amor por ella y por las cámaras. Dice que cualquier persona que se quiera convertir en un fotógrafo profesional tiene que viajar física y mentalmente (a través de la lectura).
–Tienen que leer a Rimbaud, a Baudelaire, a Lautréamont. Leer, soñar, viajar… Bueno, hoy con internet viajas, te sientas acá y estás en la China, entonces ¿qué ves?, nada, ya lo has visto todo.

Cuando terminó la carrera de diseño se fue a Brasil y en 1983, con 26 años, regresó a Chile por un compromiso social con su país. Según él, para luchar en contra de la dictadura.
—La mayoría de los que estábamos en la calle no habíamos estudiado fotografía, nos hicimos fotógrafos en la calle.

Durante esa época, su rol sirvió para denunciar lo que ocurría. Apenas vendía sus fotografías, prefería regalarlas.
—Yo creo que la fotografía sirve para denunciar o para amar. Amas lo que ves, es un placer, le das un regalo a los demás con una bella imagen.

Aún recuerda la primera serie de fotografías que vendió. Un día, la periodista mexicana Alma Guillermoprieto lo llamó al Hotel Carrera. Le compró 10 imágenes, seis para ella y cuatro para la revista Newsweek. Una de ellas es su conocida fotografía del enano caminando frente a los carabineros, de 1987.

 

“Uno siempre anda con su cámara en el bolsillo porque yo creo que todos los días hay imágenes que te llaman la atención, por el color, por la luz, y todo eso tiene una conexión con tu pasado”

 

 

Formó parte de la AFI (Asociación de Fotógrafos Independientes) que retrataban lo que ocurría en las calles de Santiago durante esa época. Luego de tres añosse cansó de esperar cosas terribles para fotografiar.

—El ser humano era una bestia. Yo necesitaba fotografiar el dolor para hacer imágenes y, si no pasaba nada, no fotografiaba. Todos éramos unas pirañas, aves de rapiña, fotografiábamos el dolor, la angustia, la muerte. Necesitabas que pasaran cosas como estas para hacer fotografía, pero no podías esperar que le quebraran la cabeza a alguien para sacar una foto.

Un día, después de que un amigo le dijera que el día estuvo “fome”, llegó a su casa y lloró. Ahí fue cuando decidió irse a Bolivia para reencontrarse consigo mismo, y tratar, según él, de volver a ser el poeta de antes.

— ¿Cómo se da cuenta que está frente de una fotografía?
—Cuando te llama la atención lo que está sucediendo (muestra una foto de un cuadro apoyado en una de las paredes de su taller, sacada con su iPhone) Mira esa foto, mira la luz de afuera, es muy bonito. Y listo, con eso me siento feliz. El otro día caminaba a las ocho de la mañana por la Alameda y veo una caja de plátanos ecuatorianos que se movía. Me acerco, y había una señora durmiendo adentro. Parecía una momia. Pelo blanco, flaquita. Qué horror.

— ¿Sacó la foto?
—Si pos. Saqué una y después otra de la caja y la pared. Además, la luz estaba bella. Pero me quedé un rato para ver qué pasaba. Bueno, eso es una denuncia. ¿Será una foto para un premio? No me interesa. ¿Será para que digan que es una buena foto? No me interesa. Lo que me interesa es lo que pasa ahí y también lo que me pasa a mí.

Henri Cartier Bresson es su gran referente, quien más lo ha emocionado, su maestro iniciático, como dice él. También le gustan mucho Josef Kudelka y Michael Ackerman, en el ámbito más rupturista. Por otro lado, no le gusta los trabajos de Martin Parr y David LaChapelle, simplemente no le llaman la atención.
—A mí no me gustan, prefiero a Tomás Munita mil veces. Cuando pasen de moda no sé en qué van a quedar, mientras que lo otro es documentalismo. Yo soy un amante del documentalismo.

Claudio comenzó a fotografiar en los tiempos que se usaba solo cámaras análogas. Los tiempos eran distintos, había que esperar dos horas para ver una foto. Recuerda con nostalgia esos días, en que la fotografía siempre iba acompañada de una cierta incógnita.

—La gracia que teníalo análogo es que no sabías lo que tenías, hasta que revelabas la imagen. Era una mezcla de magia, duda y sorpresa. Ese placer es totalmente distinto a lo que ocurre hoy con lo digital. Por supuesto, con la tecnología se ha democratizado la fotografía y el vídeo. Hoy, todos tenemos una cámara, pero también se ha banalizado la fotografía. Se hacen 10 millones de fotos y ninguna vale la pena. ¡Qué pena! La gente está más preocupada de filmar y de fotografiar todo, en vez de ayudar al prójimo. Pero con el iPhone tú también puedes hacer maravillas. Pero lo peligroso es que haces una fotoy te vas, y crees tener la imagen, pero la imagen sigue desarrollándose.

 

“La gracia que tenía lo análogo es que no sabías lo que tenías, hasta que revelabas la imagen. Era una mezcla de magia, duda y sorpresa. Ese placer es totalmente distinto a lo que ocurre hoy con lo digital”

 

Cuenta que durante la dictadura militar sus fotografías se podrían demorar un año en llegar a otro país y ser publicadas. Por eso alaba la tecnología, porque permite la instantaneidad y conectividad con el resto del mundo.

Para él, una de sus fotografías más importantes es una que sacó en una barricada en Puente Alto, en 1984.
—Ahí yo me di cuenta que podía hacer buenas imágenes. En esa época, fotografiar en la calle era todo un desafío. La gente corría, los mismos fotógrafos tenían que correr, para evitar las lacrimógenas y los chorros de agua. No te preocupabas tanto de encuadrar, es espontáneo. Además, teníamos pocos recursos, entonces nos restringíamos, o sino tendría un archivo espectacular. Cartier Bresson andaba con 10 rollos, yo andaba con dos.

—Esa es la ventaja de lo digital, que puedes disparar las veces que quieras
—Sí, pero ahí hay otro tema, porque disparas cualquier cosa. Claro, con una le vas a achuntar, pero de repente ves que no le achuntaste a ninguna. Entonces, es cazar… ¡Pam!… Si vas a cazar tienes que dispararle al corazón o a la cabeza, pero si le disparas aquí y allá,y no lo matas nunca, lo dejas lleno de hoyos, y nada más.

 

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