Tuyo, Mío, Nuestro

El embarazo es un proceso que no toda mujer estaría disputa a vivir, y tampoco toda madre. A Alejandra le encantaría embarazarse, Magdalena por nada del mundo, y Laura no sabe lo que deparará el futuro. Estas son los testimonios de madres que no gestaron y el rol que cumplen como la “segunda” madre.

 

Bernardita empezó con trabajo de parto, en el departamento que compartía con su pareja Magdalena en Santiago Centro, a las 12 de un día domingo. La pareja había decidido tener a su hijo en su hogar con la ayuda de una matrona. El plan se desarrolló de la siguiente manera: primero, dejaron la pieza oscura para que Bernardita empezara a producir melatonina que evita el insomnio y la depresión, después comenzaron a hacer las respiraciones que aprendieron en los talleres con la matrona. Seguido esto, a las siete de la tarde, le avisaron a la matrona por Whatsapp que Bernardita estaba con contracciones mas intensas. “¡Dios mío! Esta mujer va a venir ¿o no?” pensó Magdalena después de tenerla al tanto durante el día de lo que Bernardita iba sintiendo. Finalmente, la matrona llegó a las dos de la mañana y comenzaron un trabajo de parto que no terminó hasta entrada la mañana. En la pieza había un ambiente de tranquilidad. “Yo sentía que la matrona salía de la pieza al living, gritaba, lloraba, se calmaba y volvía a entrar” recuerda Magdalena. Luego de mucho pujar, nació Santiago y todo el estrés de la situación se disipó al sentir la emoción de verlo por fin.

Magdalena (32), dedicada a la informática, y Bernardita (32), dueña de casa desde el nacimiento de su hijo Santiago, fueron madres hace dos meses, tras 9 años de relación. Luego de casi una década juntas, Magdalena cuenta que la decisión se dio sola, “ella en un momento me dijo que le gustaría tener un hijo, que nos faltaba una parte. Justo coincidió que yo no quería gestarlo y ella sí. Entonces se dio fluido”.

Ilustración por Pía Martabit

Ilustración por Pía Martabit

Para Magdalena gestar no fue una opción, ya que uno de sus miedos era sufrir depresión post-parto. Además que creía que su personalidad no era compatible con el proceso. “Soy muy estructurada y acelerada, y eso me iba a jugar en contra. El tener un hijo te quita harto tiempo y es súper demandante. Yo veo a mi pareja y está 100% enfocada en él. Todo el día en pijama y yo no soy para eso. Siento que tendría una depresión post-parto bien fuerte porque perdería un poco el control de lo que yo hago”, dice Magdalena. “Soy mamá igual, pero desde otro punto de vista. Mi pareja se queda en la casa y yo soy la que sale a trabajar”. Ambas cumplen con distintos roles y saben que en su núcleo familiar las responsabilidades son distintas.

Durante el embarazo de Bernardita, Magdalena reconoce que sí se sintió como parte de ese proceso. “Sentía que venía. No tuve antojos ni nada, eso lo he tenido toda la vida, pero sentía esa ilusión, la espera, la ansiedad”. Pero la tranquilidad fue fundamental para la forma de parto que habían decidido, por lo que el rol de Magdalena fue de proteger a Bernardita y el ambiente de serenidad que requería el proceso. “Ella tenía eso de tener un parto en casa y yo le decía ‘como se te ocurre, si es el primer hijo, no tenemos ningún conocimiento, esto no va a resultar’. Pero Bernardita insistió. Averiguamos por internet, leímos un montón de libros, nos metimos a foros e hicimos talleres, hasta que le dije que sí. Hicimos un tanteo con nuestros familiares, pero nos dimos cuenta que nos iban a traspasar todos su miedos e inseguridades, así que lo mantuvimos en secreto entre nosotras, la matrona y el médico”, dice. “Mi rol fue más de protegerla. A los 10 días de que nació el Santi, la abuelita de la Berni murió después de estar muy enferma, por lo que durante del embarazo yo le dije a su familia que en caso de cualquier cosa no la llamaran a ella, si no que a mi, para yo contarle de la forma menos traumante posible” dice.

Magdalena afirma que se sintió madre cuando nació Santiago. “Cuando lo vi que salió, y estaba ahí, sentí algo imposible de describir. Era una paz impresionante. Lo tomé y ahí me sentí madre, en cambio la Berni se sintió mamá desde que supo que estaba embarazada. Igual yo lo sentía moverse en la guata de la Berni. Pero apenas lo vi fue real, e hice el clic”, dice Magdalena.

Pese a su seguridad de no querer pasar por un embarazo, tras el proceso Magdalena ve la maternidad de manera distinta. “A Bernardita el embarazo la transformó, su cara es distinta, tiene una energía distinta. La verdad me de miedo, me siento mucho mas débil que mi pareja, y después de vivir el parto pensé ‘esto es para fuertes, esto no es para cualquiera’”, dice. “Si yo llego a tener un hijo va a ser con cesárea, bien anestesiada, en una clínica, y al otro día que nadie me moleste. La Berni lo haría todo igual”, dice Magdalena.

Por catálogo, no.

En la Clínica Ibis en Santiago—clínica española que protege completamente la anonimidad del donante—Magdalena y Bernardita no tuvieron que elegir al donante por características físicas, como sucede en otras clínicas de inseminación artificial, donde existe un catálogo detallado junto con una breve biografía personal. “Lo encontramos muy superficial, como ir al supermercado con el carrito. Además todos eran rubios de ojos azules, y yo le dije a la Berni, ‘¡mírame! ¿Cómo yo voy a ser rubia de ojos azules?’. Además, una matrona fue muy desagradable; nos recordaba los precios de los distintos donantes, como que hubiera visto cara de pobre. No sé si nos discriminaban por ser lesbianas o por tener cara de indígena”, bromea Magdalena.

Laura (35) y Valeria (38), socióloga y psicóloga respectivamente, después de alrededor de un año de conversaciones, también acudieron a la Clínica Ibis después de abandonar el proceso que habían empezado en otra clínica donde se escogía al donante por catálogo. Habían escogido a tres donantes pero Laura, al igual que Magdalena, encontró grave la forma de seleccionar y elegir la muestra: “Como ir al supermercado de la guagua. El donante que tenía un doctorado era más caro que el que no, y encontré atroz hasta donde había llegado el mercado”, dice. Finalmente, al volver a la Clínica Ibis, Valeria quedó embarazada.

Ilustración por Pía Martabit

Ilustración por Pía Martabit

Ni Laura ni Valeria eran de jugar con muñecas, por lo que cambiar pañales era algo completamente nuevo. Pero rápidamente fueron adaptándose al cambio; “los primeros dos meses fueron una inyección de aprendizaje, y de aprender a relacionarse con otro que no sabe como comunicarse. Tratamos de leer algunas cosas para prepararnos, pero cosas de sentido común” dice Laura. El parto de Camilo fue normal y para Valeria y Laura fue como un trámite dentro de todo lo que iba a pasar, pero distintas sensaciones. “Para la Valeria fue como ‘¡Vamos a tener un hijo! ¿Qué vamos a hacer?’ y para mi fue como ganas de acobijarlo. Lo incorporé al tiro cuando nació”, dice Laura. Sin embargo, para ella como “segunda madre” no fue una conexión instantánea la que tuvo con Camilo cuando nació. “Habían cosas que yo trataba de hacer con su guata y no con ella, como cantarle, porque era bien escéptica con eso: es una feto, dentro de la guata. Y eso fue cambiando, ya que construí y trabajé para crear ese lazo más emocional”. En cambio Valeria lo tuvo por sentado, “porque lo tenía en la guata, lo sentía” dice Laura.

La decisión de quien iba a quedarse embarazada fue bien práctica, según dice Laura, ya que fue por edad. “Como Valeria es mayor, fue como ella primero y después ver si iba yo. Y ella también quería, más que yo, yo creo. A mi me da un poco de susto, aunque no lo quiera admitir”, dice Laura. En cuanto a tener otro, Laura recuerda que Valeria, posterior al parto, le dijo: “Por favor, que no se me olvide este dolor, recuérdamelo en algún momento”, pero ahora que están pensando en tener a otro, reconsidera la opción. “Ella lo haría de nuevo. El año pasado lo pensamos, y me hice los exámenes y todo. Hicimos el proceso previo, pero nos cambiamos de ciudad por mi trabajo y el momento se hizo complejo”, dice Laura.

En cuanto a los roles, Laura señala que la profesión de Valeria ha ayudado a ser cuidadosa con eso, aunque reconoce que hubo un periodo de crisis durante el cuarto y quinto mes de su hijo. “Estuvimos con un terapeuta, yendo las dos, y ahí aparecieron algunas cosas como ‘no me avistaste que ibas al doctor con tu mamá’, cosas bien estúpidas que yo las tenía resentidas” dice Laura. Sin embargo, asegura que trabajan juntas para que esa brecha no se instale, y que la comunicación es fundamental. “La Valeria es capaz de escuchar y de ceder ese espacio y cumplimos la regla universal de paternidad de ‘No me desautorices enfrente del niño’”, dice Laura.

En una ocasión, cuando Camilo comenzó a hablar en una pelea con Laura le dijo que ella no era su mamá. “La primera vez que lo dijo yo quedé para adentro, sin saber bien que hacer, pero la Valeria le aclaró que las dos somos sus mamás. Ahí aprendí a tomarlo con naturalidad, y explicarle que no tiene papá, sino dos madres”, dice Laura.

Tuyo, ¿y mío?

Josefina (24) y Alejandra (23) están a punto de recibirse de enfermería, y este año volvieron a estar en una relación, después de que terminaron el 2013. Josefina quedó embarazada de Sebastián, sin planearlo, de una relación heterosexual, donde el padre se hizo presente desde el año pasado. “Yo al Seba lo conozco desde que tiene siete meses. El creció conmigo, y cuando nos separamos, no nos vimos en un año”, dice Alejandra. “De hecho cuando se volvieron a ver, él le dijo a la Alejandra que ella había sido mi polola”, dice Josefina.

Alejandra y Josefina no viven juntas, porque Alejandra no es bien recibida en la casa de Josefina, a diferencia de la familia de Alejandra que considera a Sebastián como parte de ellos. “Nunca me voy a olvidar que mi papá, una vez que estábamos tomando once, le dijo ‘venga con el tata’. Mi familia lo considera parte de ellos; lo han visto crecer, mi mamá lo ha cuidado”, dice Alejandra.

Ilustración por Pía Martabit

Ilustración por Pía Martabit

Alejandra define el rol en la vida de Sebastián como algo complicado. “Yo tengo sobrinas y las reto por tonteras que hacen, pero con él, siento que tengo un poquito más de autoridad. Según lo que me dice el mundo, mi rol es materno/paternal. Yo juego futbol con él, me subo arriba de los árboles con él, porque soy mas “hombre”, pero mi rol viene a ser mas paternal porque es otro tipo de liderazgo” dice Alejandra. En esta relación de ahora, ella se siente parte de la vida de Sebastián. “Antes no tenía mucha relación. Es ahora porque ahora necesita que jueguen con él, porque me pongo monetariamente con cosas. Ahora tengo un lazo demasiado afectivo con Sebastián”, dice Alejandra. “Toda eso de andar jugando, yo no lo tengo mucho. Que sí lo tiene la Alejandra” dice Josefina, que recién ahora está asumiendo la relación con Alejandra, por lo que el rol de mamá es mas concreto.

Sin embargo, la última palabra la tiene Josefina. “Si yo lo reto por algo que yo encuentro que no está bien, pero la Josefina le da lo mismo, ella se enoja. Siento que tengo más atribución en el Seba que en mis sobrinas, pero si hay que cortarle el pelo y la Josefina no quiere, no se corta el pelo. A ella le cuesta entender que si de aquí al futuro vamos a ser una familia y nos vamos a ir a vivir a una casa donde vivimos las dos, va a tener que aceptar que hay cosas que no voy a aceptar en la que sería mi casa también” dice Alejandra.

Josefina, como hija de padres separados, teme que la persona que ocupe este rol ponga mas reglas que la propia madre. “Para un niño, los confunde más que hacerlos entender. Por eso trato de ser yo quien toma las decisiones, aunque si le pregunto la opinión a Alejandra. Cuando hay conflictos entre los tres, porque alguno hace algo, le damos la ayuda al Seba de distintas formas. La Alejandra es más paternal, le da ese lado que yo no encajo mucho, y sí, lo vemos como una familia” dice Josefina. “A mi me muñequea” dice Alejandra, que además declara que se enfoca más en la enseñanza porque dice tener mas paciencia que Josefina. “El otro día estuve horas enseñándole los nombres de las frutas en inglés. Yo le enseñé—con Josefina—a caminar, a hablar, a ir al baño solo. Me siento parte fundamental de la crianza del Seba. Pero al final la última palabra la tiene ella”, dice Alejandra.

Alejandra tiene muchas ganas de tener un hijo, de vivir el embarazo, pero Josefina no quiere por nada del mundo. “Yo después de tener al Seba me di cuenta que no me gustan los niños. Amo por sobre todas las cosas a mi hijo, y es el único que aguanto porque lo mas difícil y complejo de tener un hijo es la crianza, la educación”, dice Josefina. “Ni aunque yo lo tenga, no quiere. Me encantaría poder vivir todo lo que es el embarazo, todo lo que conlleva. Hacerme el test y que me salga positivo. Quiero vivir la experiencia de ser madre, porque ahora lo estoy haciendo de cierta manera pero no es lo mismo, porque si yo lo reto un poco mas, Josefina se enoja. Quiero criar y educar a alguien. Cuando vi a mis sobrinos tomar pecho y ver esa cara de amor, y todo el lazo que creaban en un acto, me dan ganas de tener un hijo” dice Alejandra. “Ella me pregunta como fue dar pecho y es impagable, para mí fue maravilloso. Eso es amor puro” dice Josefina.

N.d.A.: Los nombres fueron cambiados

MAMÁ X DOS

A diferencia de Alejandra, Josefina, Bernardita y Magdalena, Cynthia (25) y Betsabé (24) optaron por el método “artesanal”. “Yo había hablado con varias amigas que lo habían hecho así. Un voluntario deja el semen en un frasquito estéril y con una jeringa lo inserto. A mi me funcionó a la primera”, cuenta Cynthia. Similar a como lo hacen en las clínicas, le pidió a los voluntarios todos los exámenes posibles, sin embargo, no pudieron prever la enfermedad de PKU—o fenilcetonuria, enfermedad genética que se trata con una dieta vegana y puede provocar daños motores y cognitivos—que le diagnosticaron a su hijo al nacer. Betsabé ya tenía un hijo cuando comenzó una relación con Cynthia, y ahora viven los cuatro. El hijo de Bestabé, de nueve años, quiere en un futuro tener el apellido de Cynthia, quien reconoce que se lleva mejor con ella que con su madre. Pero Cynthia, ahora, ha tenido que aprender a ser la “mala de la película” y reconoce que no han tenido dificultades porque han sido abiertas con su entorno y que su familia “es como cualquier otra familia”.

 

Para ver el reportaje realizado en Informe Especial vea el siguiente video o vealo directamente de youtube aquí.

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