Subirse a cantar al transporte público no es tan fácil como parece: hay que tener talento, saber mantener el equilibrio y adquirir la técnica para recibir las monedas mientras la micro avanza. Una periodista de Revista Escena aceptó el desafío y aquí nos cuenta en primera persona cómo es ganarse el dinero de esta forma, con el temor de que los inspectores la bajen y la multen.


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Estoy temblando. La gente me observa y ni siquiera me atrevo a sacarle la funda a la guitarra. Son las 18.30 horas de un día lunes y el recorrido 210 del Transantiago, que se dirige hacia Estación Central, va medianamente lleno.

“¿Canto altiro o mejor me presento?”, me pregunto apoyada en una ventana, al lado de una niña que va leyendo un libro de Isabel Allende. Las manos me transpiran.

Un caballero que lleva una bolsa de Bellota en sus manos me sonríe con entusiasmo. Pareciera que es el único que se da cuenta de mi presencia, hasta que resuelvo sacar la guitarra y acomodarme la correa. La micro llega al siguiente paradero y se suben más pasajeros.

Mi objetivo, como lo han hecho otros músicos que he visto, es entonar un par de canciones y luego bajarme. “¿Me darán plata?”, me pregunto insegura, tratando de mantener el equilibrio.

Hago un Lam, seguido de un Sol y parto la introducción de “Ámame Suavecito” de la cantante argentina Gilda. La guitarra, electroacústica, suena bonita. ¿La voz? no lo sé.

“Nadie más que tú para enamorarme, nadie más que tú, nadie…” (audio cantado). Continúo y me equivoco de acorde. Como consecuencia me pongo más nerviosa todavía y le cambio la letra a la canción. De nada me sirven los “torpedos” que me pegué en el aro de la guitarra por si la memoria me fallaba. La micro avanza muy rápido y me cuesta leerlos.

Cuando al fin termino de cantar la cumbia se produce un silencio incómodo. Es el momento de hablar y explicar qué estoy haciendo con mi vida.

“Eh, hola… la verdad es que es primera vez que me subo al Transantiago y estoy súper nerviosa. Estas son las cosas que uno tiene que hacer cuando pierde las apuestas, porque resulta que Chile no quedó clasificado en el Mundial y mis amigos me dijeron que si perdíamos, me tenía que subir a cantar unas cumbias al transporte público… y aquí estoy poh. Si quieren darme alguna monedita, buena onda, todo sirve…”

La gente se ríe y se mete la mano al bolsillo. Me siento agradecida, pero cuando voy a recoger las monedas me tropiezo tres veces. Vamos que se puede.

***

Me bajo de la micro con el corazón palpitando a mil por hora. Me compro una botella con agua y me dirijo hacia otro paradero. Allí repaso un poco las dos canciones que tengo elegidas y diviso a unos inspectores. Asustada, me escondo detrás de una publicidad y cuando pasan de largo me subo a otra micro. No va tan llena, pero como la guitarra ya no está en la funda, siento las miradas sobre mí.

“Amor, ámame, ámame suavecito…” (Audio cantado)

Ahora canto la misma canción con un poco más de confianza, incluso siguiendo el ritmo con el pie, pero cuando termino de interpretarla el chofer grita: “¡Señorita, bájese!”.

Descolocada, comienzo a acercarme a la puerta con un calor invadiéndome todo el cuerpo. “¿Tan mal canto?”, me cuestiono. Sin embargo, la orden no iba dirigida hacia mi persona, sino que a una mujer que se había subido sin pagar el pasaje. Uf, qué alivio.

Entonces me preparo para cantar la otra canción: “No me arrepiento de este amor”

(Audio cantado)

Para mi sorpresa me sale bien y ya no estoy tan nerviosa. No obstante, cuando termino, me bloqueo y repito lo de la apuesta del Mundial y hasta le agrego más detalles como que mis amigos eran colombianos y que por eso tenía que cantar cumbias. Y siendo honesta, escogí este estilo musical pensando en la popularidad, porque pese a que soy rockera de tomo y lomo, quería llegar a todo tipo de público. Bueno, igual Gilda es mi placer culpable.

Al público le agrada la historia, pero no tiene mucha plata. Unos pololos me dan varias monedas de $10 diciéndome que no tienen más sencillo, pero que me apoyan. Y otro joven, que va hablando por celular, me da una moneda de $100, diciéndome: “Hola, no es mucho, pero quiero que te vaya súper bien”. ¿Quién dijo que los santiaguinos eran poco amables?, y conste que lo dice una provinciana.

***

Me bajo de la micro con actitud ganadora. Ya no tengo miedo y hasta salto de emoción al lado de un carro de sopaipillas. Anoto otros acordes que sentí que me faltaban en los torpedos y ahora cruzo hacia el frente para subir por la Alameda.

En este nuevo paradero veo a otro músico que va cantando con su guitarra y me siento poca cosa: el hombre canta con desplante, tiene la técnica para tocar sin apoyarse en ningún fierro y tiene toda la atención de los pasajeros. Va cantando “En un largo tour”, de Sol y Lluvia, y hasta le hacen las palmas. Otro nivel.

La micro se va y me quedo desmoronada. No me atrevo a subirme a otra, pero cuando cuento la plata me doy cuenta de que ni siquiera he hecho mil pesos. Nadie vive con lo que he ganado, así que me subo a la próxima que viene.

Cuando lo hago, el chofer me saluda con alegría y con un “¡adelante, mijita, en esta micro son bienvenidas las guitarras!”, y pucha que me hace bien. “Muchas gracias, señor”, le digo, y prácticamente corro hacia el medio del bus.

Sin embargo, al ver que todo el público de este sector son jóvenes de entre 25 y 35 años, me da vergüenza. Trato de ponerme los lentes de sol para que no vean las caras raras que pongo cuando canto, pero cambio de idea porque no me dejan ver bien los torpedos. Así que sin más, digo la historia del Mundial y le pongo empeño a las canciones.

Me va bien, me regalan unas sonrisas y platita.

***

Decido subirme a una última micro para reivindicarme y que las dos canciones me salgan bien. En eso me pregunto qué pasaría si me encuentro con un conocido. Lo más probable es que no seguiría cantando, pero como Santiago es una ciudad grande, espero que eso no pase.

El bus naranjo llega y me subo. Me toca una conductora y la saludo. Nuevamente camino hasta la mitad y canto, con tal inspiración, que hasta largo un pequeño grito rockero.

“Fuiste mi vida…” (Audio cantado)

Ya soy una artista más del transporte público y me he ganado mi primer fan: un señor de polera gris que se puso de pie para grabarme con su celular.

Termino de presentar mi show y entre risas pido una cooperación. Explico que es para gastarlo en un ticket de almuerzo y escucho que alguien me dice “chá”. Me da risa.

Cuando me acerco a la puerta de bajada la conductora me mira por el espejo retrovisor y me sonríe. Le hago un “gesto metalero con la mano” y desciendo.

En el paradero cuento las monedas que he hecho en una hora y en cuatro micros: $1.270. El ticket vale $1.320, nada mal… pero al final, como ya es la hora de la once, guardo mi guitarra y voy a la panadería. De camino noto que algunos muchachos me miran con interés, pero debe ser sugestión. Lo importante es que con la mitad del dinero me compré un pan batido calientito y dos huevos. Qué cosa más gloriosa.