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Los burdeles del desierto

Los años del auge salitrero en el norte de Chile no sólo hicieron migrar a miles de obreros del sur para trabajar en medio del desierto, sino también a las prostitutas.

En silencio, con datos que sólo sabían algunos solteros y a veces con sus propias reglas, los burdeles del desierto funcionaron años hasta que fueron desapareciendo junto con las mismas salitreras.

Antes de que el cobre fuera el “sueldo de Chile”, la economía de nuestro país a principios del siglo XX se sostenía gracias al salitre que producían las provincias del Norte Grande, lo que hizo florecer las “oficinas”, poblados y caseríos montados en la mitad del desierto para trabajar el mineral. En esos años, miles de trabajadores viajaron desde el sur a los cantones de Tarapacá y Antofagasta para hacer dinero pasando largas horas bajo el sol.

Para divertirse no había mucho, salvo pasear por la plaza, ir a una que otra función de cine –si es que la oficina tenía cine- o irse a los burdeles, que en la gran mayoría de las salitreras estaban prohibidos. Con tanta restricción, los obreros recién pagados solían ir a Pampa Unión, un pueblo ubicado a 100 kilómetros de Calama famoso por tener todos los servicios imaginables en el desierto: boticas, escuelas, comisaría, cantinas… y prostíbulos.

Para evadir la prohibición, las prostitutas solían ponerse en contacto con algunos de los obreros para que les prestasen alguna pieza de los “buques”, como se les llamaba a las habitaciones para trabajadores solteros. Y así, igual que en la película “Pantaleón y las Visitadoras”, ellos hacían cola y jugaban cartas para esperar a las chicas.

En las ciudades más grandes del norte, los prostíbulos estaban normados. Un reglamento de 1893 –que funcionó en ciudades como Pisagua, Iquique, Tocopilla o Antofagasta- especificaba que las intendencias podían limitar estos establecimientos “y prohibir que se instalen en aquellos puntos en que estime perjudicial su permanencia para la tranquilidad o la moralidad pública”.

En el puerto de Gatico, cercano a Tocopilla, se estableció un reglamento aparte. “Se prohibía a las prostitutas tener ventana, para que no vieran lo que hacían dentro de la pieza. Había que tener fotografía en cada salón para que el tipo eligiera cual de las prostitutas quería”, dice Floreal Recabarren, historiador nortino. Las mujeres, para asearse entre contacto y contacto, se lavaban con una solución de agua con perganmanato de potasio, una solución de color violáceo que supuestamente evitaba contagios.

“Pero el 50% de los salitreros, en algunos casos el 70%, tenían sífilis”, cuenta Recabarren.

Si el trabajador del salitre tenía tiempo y plata, podía bajar a Antofagasta a conocer los burdeles que se instalaron en la entonces periferia de la ciudad. “Detrás del Ferrocarril estaba la principal población obrera, que eran trabajadores o gente relacionada al FF.CC, y ahí se establecen los principales burdeles, como el barrio Bellavista. Ya más entrado el siglo XX se establecen por 14 de Febrero o Esmeralda, en el sector centro sur”, dice Javier Mercado, investigador histórico y docente de la Universidad Católica del Norte.

La caída del salitre terminó por volver a transformar el desierto en un despoblado. Pampa Unión se empezó a desmantelar en 1954 y los barrios nocturnos periféricos de Antofagasta fueron ocupados por enormes edificios a medida que la ciudad fue expandiéndose. De la época de mujeres, salitre y dinero, apenas quedan los recuerdos.