Reportaje

Se enseña seducción

Obtener el beso o -siquiera- el teléfono de una mujer es el objetivo de un grupo de hombres que probablemente esté bailando esta noche en alguna discotheque de Santiago. Son alumnos de las pocas escuelas de seudcción que existen en la capital, orientadas a hombres tímidos o que no saben cómo relacionarse con el sexo opuesto. Una tendencia que comienza a sumar adeptos. 

 

Varios de los ojos que estaban esa noche entre el mar de brazos en alto, música electrónica y cuerpos sudorosos rozándose entre sí en Club Chocolate lo estaban mirando. Las pocas salidas nocturnas que Óscar (28) había tenido en el último tiempo no tenían nada que ver con la disco llena de mujeres bailando en la que ahora andaba metido. Casi siempre eran en República, con los amigos, tomándose fotos con una cerveza en la mano para después subirlas al Facebook.  Pero como ya había mentalizado tanto la situación, caminando desde Plaza Italia repitiendo como un mantra cada cosa que iba a hacer, la misión de esa noche era justamente conversar con, aunque sea, una deesas mujeres.

Óscar estaba nervioso. Nunca tuvo esa facilidad de acercarse a una mujer para conversar sin ninguna razón específica como lo hacen cientos de tipos todos los fines de semana en la disco y para él eso llevaba un buen tiempo siendo un problema. Por eso le había parecido tan interesante toparse con el aviso de una escuela dedicada a enseñar el arte de la seducción. Dudó hasta el final de inscribirse. Sentía vergüenza. Miedo. En la fila del banco donde fue a depositar la plata de la matrícula esperó una señal –cualquiera- que le dijera que se fuera de ahí. Pero entró, llevaba  una semana de clases teóricas y ésta era la primera salida nocturna que hacía. En un momento, por fin, levantó y fue a conversar con las chicas.

Roberto Orostica, “Coke”, trabaja como auditor. Desde que entró al curso de seducción, ya se acostumbró a no beber.

Saludó. El único tema que tenía para abrir la conversación era contarles sus ganas de irse a Estados Unidos para reforzar su inglés. O hacer una pregunta del tipo “Oigan chicas, tengo este problema, ¿qué piensan ustedes?”. En algunos casos las mujeres no lo escuchaban, en otros Óscar se tropezaba tartamudeando las ideas. Al final habló con cuatro en tres horas, con interacciones que duraban –a lo más- dos minutos que parecían no terminar nunca, porque cuando ya no se le ocurría como mantener la conversación, listo, chao, gracias.

Un par de esos ojos que estaban observando el comportamiento de Óscar salieron de entre los cuerpos bailando cuando la noche terminaba. La mano del coach del curso de seducción  fue a apretarse fuerte contra la de Óscar después de sus primeras horas de clases prácticas.

-¿Sabes? Te quiero felicitar, porque saliste de tu zona de confort- le dijo.

Aunque parecía una frase de consuelo ante el fracaso del objetivo de mantener una conversación, era verdad. Óscar perfectamente podía estar otra vez ahogándose en cerveza en República, pero aquí estaba, en una disco de Bellavista hablando con una mujer porque sí, por primera vez en mucho tiempo.

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El secreto no es demostrando interés inmediato, sino de forma indirecta, dice Martín Rieznik, fundador de Levantart.

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Las escuelas de seducción son una especie de importación no tradicional llegadas a Chile durante la década pasada, en su mayoría inspiradas en El Método, un libro escrito en 2006 por el periodista Neil Strauss que relata la historia de Erik Von Markovik, “Mystery”, un mago con problemas de interacción con las mujeres que salía denoche a probar suerte. Después de mucho ensayo y error, Mystery descubrió cómo eran las formas adecuadas de abordar a una persona y terminó abriendo una escuelapara enseñar a otros con un método basado en tres etapas: atracción, confort y seducción.

El argentino Martín Rieznik –mago como Mystery- fundó la escuela Levantart en 2008, después de conocer esa obra y “Seducción Científica”, de Leil Lowndes.  Con su hermano Andrés pasaron diez años saliendo de fiestas antes de comenzar a matricular a los primeros seductores en la escuela que después puso sucursales en Colombia, México, Uruguay y Chile.

Felipe Gatica, “Leyton”, es coach de Levantart desde 2014.

-Se estudian cien formas de acercarse a una mujer y ven que siempre las mejores formas resultan ser las indirectas. Es un patrón. No es demostrando interés inmediato sino de forma indirecta.

Recién terminando una relación de ocho años, el periodista Felipe Gatica vio en Facebook un aviso anunciando la charla que Rieznik hizo en Santiago a finales de 2013 explicando Levantart. Él y otras 22 personas escucharon de qué se trataba y se inscribió. En el mundo de la seducción, todos tienen un seudónimo. Se los piden el primer día de clases, cuando los nerviosos alumnos aún saben poco de lo que se trata el tema. Desde ese día, Felipe pasó a llamarse Leyton. Para arriba y para abajo, todos lo conocen como Leyton. Hoy es uno de los principales coach de la empresa.

-Son ocho clases, desde como acercarte a una chica hasta como poder tener sexo con ella- dice- y aparte tienes cuatro salidas con el curso para ir probando, porque esto lo puedes ir estudiando pero si no lo practicas, no sirve de nada.

En tres meses, cada alumno debe ir superando las etapas. El primer nivel trata de las dinámicas sociales para lograr una cita. En el segundo, se dedican a hacer salidas nocturnas con un intensivo de 72 horas donde sólo paran de hablar con mujeres para comer y dormir; y en el módulo final, se termina configurando la personalidad del nuevo seductor.  Todo se hace en grupo. Cuando van a las discos, mucho depende también del apoyo que haga el wing man, el ala, el compañero.

-Las mujeres nunca salen solas –dice Leyton bebiendo una cerveza en un bar de Bellavista- Es muy raro, siempre salen en  grupos de amigas. Siempre le vas a interesar a una y va a estar al lado de otra, lo que hace tu compañero es tratar de ayudarte con la otra. A los cabros les enseñamos que deben mostrar a la mina que se merece conocerlo y que tiene la suerte de estar con él.

Leyton dice que al curso han llegado hombres de entre 18 y 69 años, casi siempre profesionales jóvenes solteros con dinero extra para un curso como éste ($300 mil cuesta todo el pack) y la gran mayoría con cero relación con el sexo opuesto. Gente de 35 años, aún vírgenes, por ejemplo.

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-Mi concepto de fiestas era éste. Si yo iba y no besaba a ninguna mujer, no era una gran noche. Hoy para mí una gran noche es ir a pasarla bien, compartir con mis amigos, conversar con ellos y si logro abrir un set y conversar con una chica es ideal y –si no- bien también, porque comparto con mis amigos.

Roberto Orostica, Coke, tiene 25 y viste una tenida de ejecutivo por su trabajo como auditor. Camisa, peinado al lado y chaqueta azul. Sonríe y dice que a los auditores como él generalmente los detestan porque siempre van a lo preciso, pero él tiene un trato especial para crear esa conexión que busca, como preguntar por la familia  o ser afectuoso. Pero habla fuerte, y se impone.

Coke se inscribió en el curso porque buscaba más personalidad y una de las cosas a las que se acostumbró en el curso es a no tomar. Por eso prefiere pasar cuando la garzona del bar donde se realiza esta entrevista le ofrece cerveza. En las salidas, la recomendación es no hacerlo para no perder el control de las cosas, porque dice que las mujeres odian a los tipos que se les acercan borrachos a conversar y terminan buscando ayuda con algún amigo para sacárselo de encima.

-Si una mujer te llama o se te acerca para que la rescates, es raro y atractivo a la vez que uno esté sobrio carreteando. Te quedas conversando y platicando un rato.

Además de su trabajo como auditor, Coke maneja un Peugeot para levantar próximamente El Montañés, un servicio de transporte que lleve a los turistas a pasear por la cordillera, su gran pasión. Y mientras tanto, algunas noches sale de fiesta con los amigos del curso. La lista es larga: Sala Gente, Chocolate, Urracas, Amanda, Club One, Costa Varúa, Bar 89…  a ver si algo sale.

-En el peor de los casos te ignoran, pero nunca vas a recibir una cachetada, o te van a llamar a los amigos para que te peguen. No. En el peor de los casos te ignoran.

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Leyton toma una hoja y comienza a rayarla para explicar parte del método.

-Las chicas están muy acostumbradas a que un hombre se les acerque. Porque a una chica guapa se le van a acercar diez hueones en una noche y les van a decir “Oye, ¿querí un trago?” u “Hola, ¿bailemos?” Hay que acercarse con una pregunta, con una opinión, para que puedan conversar. Lo primero que se preguntan ellas es: quién eres, qué quieres y cuánto tiempo vas a estar ahí.

Las clases de Levantart se imparten en una casona de Providencia. Ahí llegan decenas de hombres.

Uno de los opener (frase para “entrar”) más probado en la escuela es preguntarle a un grupo de mujeres qué opinan –por ejemplo- del poliamor. La meta es mantener la conversación lo más posible sin ser invasivo. Leyton se para y compara la pregunta haciéndola de dos formas: a centímetros de la otra persona y medio metro más atrás. Tu cuerpo habla mucho más de lo que dices, asegura. Estando atrás, se asegura no demostrarse amenazante y seguir hablando.

Después, dice Leyton, no hay que demostrarle demasiado interés a la chica que el hombre quiere conocer. Es todo un juego.

-El atractivo funciona como una banda elástica. Si te regalas mucho, no muestras mucho atractivo. Si te ves alejado vas a ser como un tipo imposible y no va a generar atractivo. A los alumnos se les enseña cómo generar esa situación. La idea es que ella sienta como “que lo tengo, que no lo tengo”.

-¿Cuál es el límite para que esto no se transforme en acoso?

-Es que es un poco complicado, porque cuando hablo con mujeres del curso les digo que son dinámicas sociales. A veces me ha pasado que iba con amigas por la calle, pasaba alguien y les decía “mijita rica”. Y en el fondo eso para mí significa “te encuentro atractiva pero no sé cómo acercarme y lo único que se me ocurrió es gritarte. O tocarte la bocina, o cualquier cosa”. Lo que yo hago con los alumnos es dar herramientas, que si ven a una chica es intentar conocerla. Si una chica dice que no, es no y se acabó.

En otro sector de Santiago, David Hernández (32) trabaja como coach de SNA World, escuela de seducción que apuesta por una metodología más directa, donde no se ocupan las frases preparadas previamente o “enlatadas”, sino que todo fluya más natural con la mayor sinceridad posible para tener el objetivo más a la mano. Hernández explica que la peor idea es llevar a una mujer al cine (“¡Qué estupidez más grande invitar a una mujer al cine! ¡No hay interacción! ¿Qué esperas después de eso?”) y que el método es una cosa de ser sincero.

-Esto no se trata de que uno ande hipnotizando a las minas, sino de ser calibrado socialmente.

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Uno de los “opener” (o frase para entrar) es preguntar a un grupo de chicas qué piensan del poliamor. Lo están probando en Levantart.

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Bullet empezó a entusiasmarse cuando obtuvo el primer número de teléfono de una chica que conoció junto a la pista. En una de esas noches de baile, tomó valentía y se metió a conversar en un grupo de tres mujeres que hablaban entre ellas. Le tocó el hombro a una, saludó y al rato ya estaban tomando un trago en la barra. Estoy medio cansado, le dijo. Entre esa conversación, de repente, se acercó y la besó.

-En el level 2 empecé a sacar chicas a la pista. Conocí una en Bar Constitución y para mí lo más impactante fue cuando dije “ya, vamos a bailar”. Le puse el brazo, ella me lo toma y yo me voy caminando con ella caminando por la disco.

“Coke” prepara “El Montañés”, un servicio de transporte para quienes deseen conocer la cordillera.

Cuando llega a su casa, Bullet vuelve a ser Óscar. Nadie de su familia sabe que hizo un curso de seducción, ni menos que cuando él decía que iba a clases de magíster, en realidad estaba bajo una bola de disco intentando ligar con una mujer. Son pajas mentales, como las llama, pero asegura que pronto va a partir contándole de su doble vida a un primo. Aparte, hace un tiempo conoció una chica y empezaron a salir a tomar café o probar helados. Ahora están andando. Le contó que estaba en un curso de seducción y ella entendió.

Para contarle a su novia lo que estaba haciendo, Leyton hizo una analogía consigo mismo: dijo que él era Batman, porque se vestía de negro y salía de noche a ayudar gente. Después le contó que era el coach de un curso de seducción.

-Yo le decía a mis amigas que tú te las sabí por libro –le dijo ella- pero no tenía idea que había un libro sobre esto.

La cerveza de Leyton se termina. Pide la cuenta, se arregla la camisa y sale del bar. El próximo destino es Club Chocolate.

La noche está recién empezando.