EL BAILE DE LO QUE SOBRA

Según la FAO, un tercio de la comida que se produce en el mundo se desperdicia. Todos los días las empresas productoras y los supermercados tienen que lidiar con alimentos que les sobran y no pueden vender porque no cumplen con sus niveles de calidad, pero están perfectamente aptos para ser consumidos. En Chile, no hay una ley que regule qué se hace con ellos, pero si existe una única institución que se dedica a rescatar estos productos y evitar que sean destruidos. Aquí cuentan su trabajo, y también empresarios cuentan el suyo.

Por: María Jose Dittborn

comida destruida

Son las cuatro de la tarde de un miércoles, es diciembre, hay 30º grados y la hermana Pepa—Josefa Moya, española—con hábito y el pelo cubierto con un velo, prepara el té para los 183 ancianos que viven en la Fundación Villa Padre Hurtado, en la comuna de Pedro Aguirre Cerda, en Santiago. En  sus manos tiene una caja de plástico llena de panes—hallullas y pan de completo—que va a poner sobre las mesas, con manteles verdes, que hay en el comedor. En cada una hay cuatro yogurts marca Soprole, de sabor arroz con leche.

Esos panes, esos yogurts, que comen todos los días los ancianos, son alimentos que reciben de la corporación Red de Alimentos, el primer y único banco de alimentos que existe en Chile, una institución que distribuye a organizaciones sociales los productos que a las empresas les sobran, no pueden vender, y por eso algunas los donan.

Dos veces por semana el hogar recibe también papas fritas, ciertas frutas y verduras, galletas, harina, y todo tipo de lácteos.

Pero, no se trata de las mismas leches, lechugas, snacks, que se venden en los supermercados, sino de productos que de no ser por el banco habrían sido destruidos. Son las llamadas “mermas” para las empresas: alimentos que están aptos para ser consumidos pero que no pueden venderse porque no cumplen con los estándares de calidad que tienen las compañías. Unos porque están próximos a vencer—jamás vencidos—, otros porque tienen su envase dañado o vienen mal rotulados, es decir, tienen fallas en sus etiquetas, desde errores en las instrucciones, en los minutos de cocción o en el diseño, pero sus contenidos están intactos.

La estacionalidad también saca del mercado algunos productos, ya que su venta depende de la fecha y del clima, como los huevos de chocolate en semana santa, las aguas en verano, los panes de pascua. Se acaba su temporada y fuera. En el caso de las frutas llegan porque están más feas, y como los exportadores y los supermercados priorizan que brillen, no clasifican.

Antes de 2010, todos estos alimentos se destruían, y la ley lo incentivaba: donar era más caro que destruir. Hoy, son lo mismo, ambas opciones le cuestan cero pesos a las empresas. Pero, lo que hacen con esos alimentos es su decisión y no hay un mecanismo legal que lo regule. Si botan, si donan, depende de ellos.

FUNDACION
Los ancianos de la Villa Padre Hurtado, celebrado un cumpleaños en el comedor del hogar
Desperdicios mundiales

Según el último informe de la Organización de las Naciones Unidas para la Alimentación y la Agricultura (FAO), un tercio de los alimentos que se producen al año en el mundo se desperdician, lo que equivale a 1.300 millones de toneladas que aún se podrían comer. De esta cantidad, el mayor numero de desperdicios se da en las empresas productoras, en los supermercados, restoranes y en el consumo del hogar.

El 6% de estas perdidas se da en América Latina y el Caribe. Con esto, según la FAO, se podrían satisfacer las necesidades alimenticias de más de 30 millones de personas, es decir, del 64% de quienes sufren hambre en la región.

(Informe Perdidas y Desperdicios para América Latina y Caribe, Fao julio 2014)

Mundialmente la alternativa sustentable a la destrucción de alimentos son los bancos de alimentos. En Argentina hay 17 bancos, en Colombia 19, en México 61. En toda Europa hay 256 y solo en EEUU, donde nació el primer banco en los años sesenta, hay más de 200. En Chile solo existe uno. Fue creado en 2010 y trabaja en la Región Metropolitana y hace un año en Concepción.

—Para Chile, no hay cifras de cuanto se desperdicia en las empresas y supermercados. Tener esa información depende de que el Estado apoye una iniciativa tal, pero no es fácil, son muchos rubros y es difícil cuantificar—dice Tania Santivañez, oficial de protección vegetal de la FAO.

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Tania Santivañez, oficial vegetal de la FAO

Pero, según las estimaciones del banco de alimentos, las cantidades son tales que debieran existir, por un tema geográfico, al menos 10 bancos de alimentos en el país para cubrir todo lo que se desecha a nivel nacional.

La donación, la destrucción

Los bancos de alimentos son organizaciones sin fines de lucro que reúnen estos alimentos que las empresas no pueden vender, y luego los distribuyen a organizaciones que lo necesitan. Es un modelo internacional importado, no una creación nacional.

El banco chileno recibe los productos en sus bodegas especializadas—que mantienen la cadena de frío de los alimentos perecibles—y desde ahí, las distribuye entre su red de instituciones benéficas, tomando en cuenta las necesidades y equipamiento de cada una. Ellos eligen que se quieren llevar y el banco decide la cantidad. Por mes, son en promedio 250 toneladas de alimentos las que reciben de las empresas donantes. Por día, son 20 organizaciones sociales las que van a buscarlos.

infografia Red de Alimentos

BODEGA

Pero, traer este modelo a Chile no fue fácil. El empresario argentino Carlos Ingham—presidente de Red de Alimentos, socio actual de Linzor Capital y ex presidente para Latinoamérica de JP Morgan—conoció el modelo en su país, quiso traerlo, pero se demoró siete años, tres gobiernos, en lograr implementarlo, y tuvo que cambiar la ley para poder hacerlo.

Es que antes de 2010, donar era caro. Si donaban, a las empresas se les cobraba un impuesto de 54% sobre cada producto, pero si destruían no tenían que pagar nada. Entonces, destruían. Los yogurts y los panes que ahora comen los ancianos de la Villa Padre Hurtado iban a parar a los vertederos.

—Era así porque el Servicio de Impuestos Internos (SII) no tenía como asegurarse que esos alimentos fueran efectivamente donados y no usados por los dueños para su beneficio personal, como por ejemplo hacer un asado en su casa o venderlos ilegalmente. No había nada que regulara a donde iban a parar esos alimentos, entonces se cobraba para evitar cualquier chanchullo tributario, pero era ilógico en los casos que de verdad se quería donar—dice el abogado experto en donaciones Roberto Peralta, quien trabajó con el banco de alimentos en el proceso de modificación de esta ley.

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Roberto Peralta, abogado experto en ley de donaciones

En el último año del primer gobierno de Michelle Bachelet, el SII creó un mecanismo especial para que las empresas pudieran donar los alimentos que no podían vender y no les costara nada (circular Nº 54). Además, se estableció qué organizaciones sociales estaban capacitadas para recibir esos productos donados y los requisitos para ello (resolución Nº 59). Así, pudo empezar a operar el banco.

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Margot Kahl, gerente general de Red de Alimentos

—Toda la comida que no se podía comercializar terminaba en las maquinas compactadoras, hecha fardo, y luego botada en los vertederos. Hoy, hemos podido reducir esa cantidad de destrucciones gracias al apoyo de las principales empresas de alimentos, pero cuesta creer que solo las donaciones que nosotros recibimos es todo lo que no se puede vender en el país—dice Margot Kahl, gerente general de Red de Alimentos.

Desde hace cinco años que la ley es neutra. Pero, no hay certezas. Si las empresas donan, solo ellos saben que porcentaje del total de sus “mermas” están entregando. Si destruyen, qué destruyen y cuánto, es un asunto puertas adentro. El banco recibe y no cuestiona, ellos dependen 100% de las empresas.

—Si una empresa destruye no va a decir públicamente que lo hace. Tampoco va a decir la cantidad de alimentos que “merma” porque si lo dice estaría revelando sus pérdidas, y una información así haría saltar a su competencia. Por ejemplo, si Soprole sabe cuanto nos entregó Nestlé, significaría que sabe cuánto perdió de su producción, entonces no podemos decirlo. Ellos confían en nosotros, es parte del convenio que tenemos. Pero, hay que entender que las empresas no son malas, sino que donar es algo muy nuevo en Chile y no hay cultura de esto, hay desconocimiento—dice Valeria Peña, gerente de asuntos corporativos del banco.

—Las empresas tienen susto y es razonable, porque estamos manejando información privilegiada no solo para su competencia directa, sino también para sus proveedores y para el mismo SII—agrega Margot Kahl.

La destrucción, un tabú

En un mes promedio, entre 20 y 60 toneladas de alimentos, como leches, mayonesas, kétchup, te, jugos, superochos, junto con útiles de aseo e implementos del hogar, como detergentes, jabones, hervidores, y jugueras, que están en perfecto estado, son destruidas por una de las únicas empresas en Chile que se dedica a la administración de residuos industriales de manera sustentable. Entre sus servicios tiene un área llamada “destrucciones”, donde brinda asistencia a importantes empresas productoras de alimentos y les ofrece eliminar sus “mermas” utilizando estándares medioambientales. Así lo revela Juan, un ex ejecutivo de esta empresa que prefiere mantener su nombre y el de la compañía en el anonimato.

—Es que la destrucción es un tema tabú entonces no se pueden dar nombres. Tampoco se pueden decir las empresas que trabajan con nosotros porque ellas están pagando por esta confidencialidad. Pero, se trata de compañías importantes y no de la panadería de la esquina, y se trata de cantidades gigantescas, siempre se habla de toneladas, jamás de kilos, y la gran mayoría son alimentos—dice Juan.

Para evitar que esos productos terminen botados en un vertedero, esta empresa los convierte en fertilizantes para la tierra. Para esto tienen máquinas especiales que separan lo líquido de lo sólido y el contenido de su envoltorio, y luego los transforman en compost, un tipo de fertilizante orgánico.

Según Juan los productos pueden llegar por muchas razones. Hay algunos que efectivamente no funcionan o que pueden causar daño, como una mayonesa que viene con el ph muy alto y podría enfermar a alguien. Pero, en general, dice que llegan por errores en el packaging o porque se acabó su temporada, como por ejemplo, los envases de viejo pascuero cuando es 26 de diciembre. Pasó la navidad y se sacan del mercado.

—Eso sí, hay que entender que las empresas también tienen sus razones para destruir, ellas velan por la protección de sus marcas, no pueden arriesgarse a entregar sus productos y que una persona se enferme o que pasen al mercado negro y se revendan. Su imagen, la confianza, están en juego—agrega Juan.

Para Roberto Peralta, en estos años, el desconocimiento es la única razón válida para que una empresa no done.

—Tiendo a pensar que las empresas que no donan es por flojera o por ignorancia, es como cuando uno tiene desordenada la casa, es mucho más fácil botar que ordenar y clasificar lo que todavía sirve. Igual es un tema nuevo en Chile y todo lo nuevo es lento de adoptar, pero las empresas tienen que entender que sus marcas no corren ningún riesgo. En la circular está todo regulado, están estipulados todos los requisitos que deben cumplir las entidades receptoras, y el riesgo es cero, el valor es cero—dijo el abogado experto en donaciones.

¿Que pasa en los supermercados?

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Pedro, quien tampoco quiere revelar su nombre ni el de su empresa por las mismas razones, es product manager del área de carnes de una de las principales cadenas de supermercados del país. Dice que en su empresa todo lo que no se puede vender, esté bueno, esté malo, se bota. Sin embargo, afirma que son pocas cantidades en cada local, ya que las empresas productoras en general hacen bien sus cálculos al enviar sus productos y es poco lo que sobra o viene malo.

—A nivel de cada local es relativamente bajo lo que se bota versus todos los volúmenes que se venden. El número se vuelve alto cuando se juntan las perdidas de todas las regiones, cuando se tienen las cifras nacionales—dice.

Según cuenta, todos los productos perecibles como los lácteos y las frutas y verduras, son sacados de la venta cuando cumplen un 50% de su vida útil, pero todavía les queda la otra mitad de su vida. Es así, porque para mantener la confianza de los clientes en su marca tienen que ofrecer siempre productos lo más frescos posibles.

En cuanto a las carnes—también perecibles—dice que se transforman en “mermas” mucho menos que los lácteos y verduras. Cuando cumplen la mitad de su vida útil, el supermercado “prende las alarmas” y busca todas las opciones para venderlas, para liquidarlas. Se hacen descuentos hasta que cumplen el 75% de su vida, y después de eso, si no se pueden vender, se retiran del mercado.

Sobre el proceso de destrucción señala que son súper estrictos para evitar cualquier descontrol. Primero, es el encargado de sección quien declara que un producto se ha transformado en merma, pero después lo tiene que revisar el gerente y con ese respaldo, se hace el decomiso. Ahí, se pasan a verificar las cantidades, para regular que nadie haya sacado nada, y luego se meten en la sala—la sala de “mermas”—donde se destruyen.

Cuenta que a veces se les echa un líquido, una mezcla con cloro, para regular que efectivamente nadie se los lleve para su beneficio personal o para venderlo por fuera. Con esto, lo que se busca es evitar crear un incentivo perverso entre los empleados de la empresa: un incentivo para que empiecen a botar cosas que están buenas.

—La mayoría de lo que se bota está en buen estado y lo lógico es que pudiera donarse o utilizarse de alguna forma, pero tampoco es tan fácil, porque ante cualquier problema la marca se puede ver expuesta a un juicio o demanda, y la imagen se va al suelo—señaló el ejecutivo.

Las empresas productoras

El banco de alimentos casi no retira productos de supermercados, porque el costo en logística y transporte que significa recolectar las mermas de cada local es rentable para ellos. No lo es porque el grueso interesante de los alimentos “mermas” están en las empresas productoras y no en los supermercados.

—Los grandes volúmenes están en los productores, porque ellos concentran en un mismo lugar, en una misma fábrica, todo lo que no pueden vender ni enviar a los supermercados—dice Margot.

Eso sí, con Jumbo el banco tiene un convenio que les permite retirar ciertas mermas de nueve locales de la Región Metropolitana, pero lo pueden hacer solo porque el costo en transporte y logística lo paga Cencosud. Si ellos dejaran de hacerlo, el banco no podría ir a buscarlos. Pero, según ellos, este tipo de operaciones si sería rentable en regiones.

—La mayoría de las grandes empresas están centralizadas en la Región Metropolitana, entonces las mermas regionales, en general, son traídas de vuelta a Santiago y destruidas aquí. Esto es así porque las empresas prefieren asegurarse que esos productos de verdad no hayan podido venderse y verlos por sí mismos. Si hubiera bancos en regiones esto no tendría que ser así porque para ellos si sería factible ir a cada local a buscar mermas, ya que hay menos supermercados y las distancias son mas cortas—dice Valeria Peña.

Al mismo tiempo que en Chile se destruyen alimentos, según la encuesta Casen 2013, un 70% de los chilenos cuenta solo con $3.533 diarios para vivir, con los que deben cubrir todas sus necesidades. Los ancianos de la Villa Padre Hurtado son parte de este porcentaje.

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La mayoría de ellos han sido recogidos de la calle, de hospederías y hospitales. El requisito para entrar a la fundación es que no pueden costearse un lugar para vivir. El hogar les provee de todo, techo, alimentación, salud, medicamentos, y ellos solo aportan el 80% de la pensión que les entrega el Estado—$65.000—, que no cubre ni un tercio del valor que cuesta mantenerlos. Los que están sanos e implican menos gasto, significan un costo de $387.000 al mes. La diferencia, la consiguen las religiosas a cargo de la fundación día a día, a través de proyectos concursables, colectas, voluntariados. La alimentación es el gasto número uno y el más caro.

—Si no fuera por el banco no funcionamos. Antes solo comprábamos yogurt para los enfermos, con receta médica, ahora hay para todos, todos los días. Pero, si no los recibiéramos no los compraríamos, no nos alcanza, a pesar de que la mayoría de los abuelitos no tienen dientes y es lo que más fácil pueden comer—dice la hermana Adelina Arroyo, una de las directoras del hogar.4

La Villa, como también las otras 130 organizaciones sociales que reciben alimentos del banco—entre ellas Caritas Chile, Teletón, Aldeas infantiles SOS, Techo para Chile, Fundación Las Rosas—ahorran más de un 30% de sus costos de alimentación con estos productos donados, y esto les permite reasignar esos recursos a otras áreas.

—Dada esta situación para nosotros destruir comida es un crimen, y hay que generar consciencia. Nosotros le pedimos al gobierno que se generen campañas comunicacionales sobre esto, porque no se conoce, es un tema nuevo—dice Valeria Peña.

Crear una ley que prohiba la destrucción

En 2012, siguiendo el ejemplo de México, el banco de alimentos volvió a proponer un proyecto de ley que, como norma general, prohíbe la destrucción injustificada de alimentos, pero el proyecto lleva tres años en espera.

—La recepción del gobierno, de los senadores, diputados, ha sido positiva frente a nuestras propuestas, nadie se va a negar a un tema así, pero no es prioridad, claramente el gobierno tiene miles de cosas antes que ésta—dice Margot Kahl.

En México, el Estado no permite que las empresas destruyan alimentos sin haber agotado todas las opciones de donarlos primero. Solo si demuestran que lo intentaron y no pudieron, pueden destruirlos y descontarlos de sus gastos, pero sino lo hacen se consideraba como un gasto rechazado y tienen que pagar. Tal como era antes en Chile, pero en sentido inverso.

Además, desde hace ya cuatro años el banco de alimentos está pidiendo que la circular Nº 54, la que hizo posible que las empresas empezaran a donar alimentos, también se amplíe a artículos de limpieza, que hoy siguen rigiéndose por la antigua normativa, que le cobra a las empresas por donar.

—Todos los útiles de aseo e higiene personal que no pueden venderse, hoy todavía se destruyen. Nosotros incluso estamos trabajando con empresas de este rubro que quieren donar, pero como claramente no les conviene, colaboran con nosotros de otra forma. Además, estos productos, después de la alimentación, significan un gran costo para las fundaciones—agrega Margot.

La Villa Padre Hurtado gasta $1.200.000 mensuales en pañales. Son cerca de 200 mil pañales los que se compran al año para todos los ancianos del hogar. Además, a los casi doscientos adultos mayores hay que lavarles la ropa y limpiarles la pieza y el baño. Solo en artículos de aseo la factura del último mes fue de más de 600 mil pesos.

Desde que empezaron a recibir alimentos del banco en 2010, el hogar ha podido reasignar las platas ahorradas para otros fines, como fue la construcción del edificio intermedio hace cinco años, el cual estaba interrumpido por falta de recursos. En él residen todos lo ancianos que tienen un deterioro físico y necesitan cuidados especiales. Pero, aún persisten muchas necesidades.

Uno de los proyectos futuros de la fundación es tener un cementerio o conseguir un espacio de tierra para enterrar a los ancianos. El promedio de muertos en el hogar es de 25 personas al año y son pocos los que tienen una cuota mortuoria, entonces al morir, como están solos, la fundación se responsabiliza de los gastos. Son enterrados en el cementerio metropolitano por dos años y si nadie los reclama pasan a una fosa común. Casi todos pasan a una fosa común.

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La hermana Adelina Arroyo, una de las directoras de la Villa Padre Hurtado

—Se necesitan muchísimos millones para un cementerio, asíque por ahora no podemos designar recursos para eso, primero hay que comer, comprar medicamentos, pagar la factura de la limpieza, comprar pañales…—dice la hermana Adelina, mientras camina por la villa.

Son casi las seis de la tarde y un camión llega al hogar. Es el camión refrigerado—especial para trasladar alimentos perecibles—que tiene la fundación. Dos señores descargan cinco sacos de harina, un centenar de cajas de yoguyogus y unas cajas de leche, que dejan en la cocina. Vienen desde San Bernardo, desde la bodega del banco de alimentos. Traen el menú de mañana, que reemplazará a los panes y yogurts, de arroz con leche, que comieron hoy los ancianos.

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