“Mario, prepara un proyecto”

Considerando la información que entregarán los nuevos proyectos astronómicos, la idea de crear un telescopio nacional manejado por astrónomos pertenecientes a instituciones chilenas es defendida por algunos astrónomos locales como el camino hacia el liderazgo mundial en esta ciencia.

El 9 de marzo de 2015, en una visita a La Moneda producto del lanzamiento del Instituto Milenio de Astrofísica, el astrónomo de la Universidad de Chile, Mario Hamuy, acompañado de Dante Minniti, de la Universidad Andrés Bello, le planteó a la Presidenta Michelle Bachelet la idea de construir un telescopio nacional. Ella se mostró interesada y le pidió que hiciera un proyecto para definir el caso científico y las características del instrumento. Este proyecto, que también debe ocuparse de la factibilidad técnica y financiera, no tiene fecha de entrega definida.

La idea presentada por Hamuy fue objeto de apoyo y críticas. La principal objeción fue que Chile ya cuenta con tiempo exclusivo para observar, mayor al de Alemania y Francia juntos, países con una comunidad astronómica mucho más grande. Considerando las necesidades futuras, luego de que empiece a funcionar el LSST, el científico cree que no es suficiente. Además, recalca Hamuy, el diseño del instrumento es un esfuerzo intelectual que permitiría que Chile desarrollara instrumentación sofisticada y tecnología que luego puede exportar a otras áreas de desarrollo.

Actualmente, no existe ningún fondo estatal que pueda financiar un proyecto similar, el que le costaría a Chile unos 50 millones de dólares. Hamuy cuenta que ha conversado con algunos privados, sin éxito. Frente a este escenario, Dante Minniti se muestra positivo: “Este es un proyecto caro, pero está orientado hacia el futuro”.

UN NEGOCIO ESTELAR

Chile es el centro de la astronomía global y, gracias a que tiene uno de los cielos más limpios de la Tierra, hacia el año 2020 albergará a más del 70 por ciento de la capacidad de observación del mundo, convirtiéndose en el mayor laboratorio natural. Pero el país es solo el anfitrión de estos grandes proyectos. A pesar de contar con un recurso tan apreciado, las negociaciones iniciales no fueron suficientemente ventajosas. Hoy, la comunidad astronómica local ha crecido y busca, además, liderar la agenda mundial. Una de las ideas para lograrlo es construir el primer telescopio chileno.

Esto no parece Chile. Sobre esta tierra desértica muy poco es chileno, pero el cielo que la cubre, ese inmenso cielo oscuro, privilegiado, dividido por aquella borrosa banda brillante de luz blanca que rodea a la esfera celeste, le pertenece.

Son cielos chilenos sobre un territorio donde Chile ha concedido inmunidad de jurisdicción.

“Uno se siente en otro país, todo es muy internacional como en los otros observatorios del mundo. Se habla en inglés, con distintos acentos. En el Tololo y Las Campanas, por ejemplo, la corriente es 110 volts, como en Estados Unidos. De a poco ha ido cambiando; antes no había nada chileno ahí, importaban hasta los jabones; ahora no, pero uno sigue sintiéndose como un extranjero en su propio país”, dice Leopoldo Infante, director del Centro de Astro-Ingeniería de la Universidad Católica, AIUC, quien aún recuerda la comida del chef suizo que trabajaba en el Observatorio de La Silla en los años 80.

Los terrenos que utilizan los observatorios astronómicos extranjeros instalados en Chile fueron comprados o se les entregaron bajo concesiones. Son territorios inviolables, como las embajadas. Estos centros son considerados organismos internacionales, un estatus que impide someterlos a procedimientos judiciales en el país, a menos que ellos se sometan voluntariamente.

“Uno se siente en otro país, todo es muy internacional como en los otros observatorios del mundo”

Leopoldo Infante

En 2013 más de 100 trabajadores del mayor radiotelescopio del mundo, ALMA, se movilizaron para pedir mejores condiciones de trabajo y aumento de sueldo. Debido a la inmunidad diplomática, la autoridad fiscalizadora no pudo entrar rápidamente.

“¿Qué tienen de chilenos los observatorios instalados en Chile?… Sería fácil decir que nada, pero creo que el aporte es algo intangible”, afirma Miguel Roth, ex director del Observatorio Las Campanas —que opera en el país desde 1971 y que le pertenece a la estadounidense Carnegie Institution for science— y actual representante legal del Telescopio Gigante de Magallanes (GMT por sus siglas en inglés) en próxima construcción en la segunda región. “Chile es el ombligo de esta ciencia. Si no fuera por los observatorios extranjeros, el aporte de este país a la astronomía mundial sería ínfimo. Es obvio, porque la capacidad instalada aquí es enorme”.

De la astronomía mundial, Chile es el centro. Concentra el 40 por ciento de la observación astronómica global y en 2020 tendrá el 70 por ciento de la capacidad de observación científica desde la Tierra. A los observatorios Tololo, La Silla, Las Campanas, VLT, Gemini y ALMA se sumarán otros complejos más. Pero nada de eso es chileno.

Chile es solo el anfitrión.

Una negociación inicial con pocos beneficios

En la zona norte casi no hay nubes. En promedio, 300 noches al año están despejadas, lo que es inmejorable para observar y estudiar el cielo nocturno. Aunque nunca se sabe. “La astronomía es una interfaz entretenida entre lo planeado que es la ciencia y la suerte que se debe tener con las condiciones climáticas. Si tienes una noche para ganar el Premio Nobel y estuvo nublado… así es la vida”, reflexiona entre risas Andrés Jordán, astrónomo de la Universidad Católica.

La rentabilidad del cielo

En un informe preparado para el Observatorio Europeo Austral en 2013 por alumnos de quinto año de ingeniería industrial de la Universidad Católica, se calculó cuál era el beneficio que obtendría este observatorio si instalara uno de sus últimos proyectos, el E-ELT (Telescopio Europeo Extremadamente Grande) en el Cerro Armazones, en Chile, en vez de hacerlo en las Islas Canarias, otro lugar del mundo con cielos oscuros. Considerando únicamente el aumento de noches despejadas, la ganancia calculada fue US$ 228 millones.
El telescopio SEST del Observatorio de La Silla de ESO en plena operación. Fue retirado de servicio en 2003.
El telescopio SEST del Observatorio de La Silla de ESO en plena operación. Fue retirado de servicio en 2003.

Hoy Chile tiene más de un tercio de la superficie existente para captar la luz originada en las estrellas, planetas, galaxias y otros objetos. La materia prima para esta ciencia. Está luz llega a los espejos de los telescopios en forma de fotones. Mientras más grandes sean estos espejos, más podrán recolectarse, lo que posibilita distinguir objetos muy débiles o lejanos y que, además, permite realizar observaciones con mayor detalle.

El primer centro de observación profesional extranjero se instaló en el país en 1961, cuando el 80 por ciento de los telescopios estaban en el hemisferio norte. Fue el Observatorio Interamericano del Cerro Tololo, perteneciente al observatorio de la Asociación de Universidades para la Investigación en Astronomía, AURA—fundada por un grupo de universidades americanas y que hoy cuenta con cuatro afiliados internacionales, entre ellos la Universidad de Chile y la Universidad Católica—. El convenio que firmó con la Universidad de Chile exigía la entrega del 10 por ciento del tiempo de observación a los astrónomos de esa universidad, lo que luego sería extendido a toda la comunidad astronómica del país, compuesta por científicos que no tienen, necesariamente, la nacionalidad chilena pero que pertenecen a centros de investigación locales. Este tiempo equivale a 36 noches por año.

En 1958 el astrónomo de la Universidad de Chile, Federico Ruttlant, persuadió a los científicos de AURA de instalar el Observatorio de Cerro Tololo en Chile.
En 1958 el astrónomo de la Universidad de Chile, Federico Ruttlant, persuadió a los científicos de AURA de instalar el Observatorio de Cerro Tololo en Chile.

Más tarde, en 1963, el Observatorio Europeo Austral, ESO, llegó al país con La Silla, en la Región de Coquimbo. El convenio firmado con el Ministerio de Relaciones Exteriores no consideraba ningún beneficio para los astrónomos chilenos. Esto recién cambió en 1995, a través de un acuerdo modificatorio.

Observatorio de la Silla en marzo de 2003.
Observatorio de la Silla en marzo de 2003.

“Obviamente fue una negociación débil en la que no exigimos nada y nos comportamos, básicamente, como espectadores pasivos sin mucho que ofrecer”, cuenta Gaspar Galaz, director del Instituto de Astrofísica de la Universidad Católica. “Pero hoy somos un país mucho más desarrollado y ahora se exige el 10 por ciento del tiempo de telescopio. Hay más exigencia y puede haber más siempre y cuando Chile crezca en astronomía”.

El 90 por ciento del tiempo de observación restante se divide entre los países o instituciones que conforman los distintos conglomerados extranjeros. Fernando Comerón, representante del Observatorio Europeo Austral en Chile —organización intergubernamental integrada por quince estados, entre ellos Alemania y Brasil, el único del grupo que no es europeo—, explica que ningún otro país tiene tiempo garantizado ni tantas horas de observación en grandes telescopios por astrónomo. El porcentaje que obtienen los miembros varía pero representa, aproximadamente, el tamaño de la comunidad científica respectiva. En el caso de AURA, cualquier científico del mundo puede postular a utilizar sus telescopios.

El dr. Chris Smith es director de AURA desde 2009.
El dr. Chris Smith es director de AURA desde 2009.

Chris Smith, director en Chile de AURA, cree que el 10 por ciento del tiempo de observación es fundamental para el desarrollo de la astronomía en el país. Miguel Roth concuerda: “En el caso del GMT, esto es más tiempo del que obtendrán los socios, que son los que ponen el dinero. Aunque se integren más, Chile recibe el 10 por ciento de todos modos. Eso tiene valor”.

La distribución del tiempo de observación chileno se realiza con la participación de astrónomos locales. La presidenta del comité de asignación de tiempo del Observatorio Europeo Austral es la astrónoma chilena María Teresa Ruíz, Premio Nacional de Ciencias Exactas 1997.

Clocchiatti es argentino y lleva veinte años en Chile.
Clocchiatti es argentino y lleva veinte años en Chile.

La participación local es valorada por la comunidad astronómica nacional: “Los observatorios nos dan algunos fondos para el desarrollo de la astronomía y tiempo para observar, por lo que es razonable que incorporen a gente del país en las instancias que se ocupen de este vínculo”, dice Alejandro Clocchiatti, director de posgrado del Instituto de Astrofísica de la Universidad Católica.

La comunidad, dos veces al año en promedio, presenta propuestas de observación para utilizar los distintos telescopios, las que son evaluadas en base a su mérito científico. En el caso del Observatorio Europeo Austral, de Gemini y de ALMA, el comité evalúa las propuestas extranjeras y chilenas en conjunto, mientras que los otros observatorios tienen comités nacionales para asignar el tiempo local.

La ley que ampara los convenios que rigen la instalación de los observatorios extranjeros en el país es la N° 15.172, promulgada el 7 de marzo de 1963. En esta se indica que estos centros quedan exentos del pago de impuestos a la renta, IVA y derechos de importación, entre otros privilegios. Ni esta ley ni los convenios particulares con cada centro exigen la participación chilena en la toma de decisiones sobre los proyectos ejecutados en el país por cada observatorio.

La voz local

La incorporación de Chile en los boards o juntas directivas de los centros de observación extranjeros, donde participan astrónomos de las instituciones miembros, solo ha sido estipulada en dos convenios recientes. El ALMA y el LSST —Large Synoptic Survey Telescope, en construcción en el Cerro Pachón, en la Región de Coquimbo— cuentan con un representante chileno asegurado en la toma de decisiones, lo que, según el Premio Nacional de Ciencias Exactas 2015, Mario Hamuy, es muy necesario para que Chile se involucre en el desarrollo tecnológico de los proyectos desde el comienzo.

El astrónomo Andrés Jordán es experto en la búsqueda de planetas fuera del sistema solar.
El astrónomo Andrés Jordán es experto en la búsqueda de planetas fuera del sistema solar.

El profesor de la Universidad Católica Andrés Jordán cree que la participación de chilenos en estas instancias es importante, ya que, considerando la exención del pago de impuestos y las protecciones legales, el Estado les entrega, en términos efectivos, mucho dinero a los observatorios extranjeros: “Esto no es por bolitas de dulce. A veces da la impresión de que fuera una especie de regalo de los nativos pero no, los chilenos estamos poniendo algo bien fuerte sobre la mesa, así que corresponde pedir retribuciones”.

Aunque no esté prescrito, hay dos observatorios que integraron a astrónomos chilenos a los niveles más altos de su operación: Gemini y AURA. De este último, Felipe Barrientos y Leopoldo Infante son miembros. Ambos participan de las reuniones y representan a la voz local, pero solo el primero tiene derecho a voto. Chile no es socio de los telescopios de AURA instalados en el país, ya que no puso dinero para su construcción ni operación —exceptuando el caso de Gemini Sur, donde, a través de Conicyt, se entregaron nueve millones de dólares para la etapa de construcción—.

Infante cree que es trascendental tener astrónomos locales en las directivas correspondientes: “Chile es un miembro relevante porque muchas de las operaciones de AURA son en este país. Es importante tener chilenos que defiendan a la comunidad astronómica nacional y le digan al observatorio qué se puede hacer y qué no”.

A fines de los 90 el Observatorio Europeo Austral ofreció a Chile ser miembro de los proyectos, lo que significaba su incorporación al board. A cambio, un precio alto: se perdía el 10 por ciento dedicado. La comunidad astronómica chilena rechazó la integración, aunque eso implicaba seguir siendo solo el país anfitrión. “No nos convenía, en esa época no teníamos la capacidad para competir con los europeos, como hoy”, recuerda Infante.

Leopoldo Infante fue presidente de la Sociedad Chilena de Astronomía y Astrofísica.
Leopoldo Infante fue presidente de la Sociedad Chilena de Astronomía y Astrofísica.

El astrónomo chileno es crítico a la hora de hablar sobre la exigencia local en las negociaciones: “Llegaron los observatorios con alta tecnología a un país con una comunidad astronómica pequeña y poco madura, y se les dijo: ‘Vengan, porque nos ayudan a desarrollarnos’. Eso ha pasado no solo en astronomía, también en el cobre, por ejemplo. Hasta el día de hoy estamos sufriendo porque Chile se abrió a las compañías mineras y les bajó los impuestos para poder desarrollar el área. Nosotros teníamos el cielo,  teníamos un recurso, pudimos haberlo negociado como nuestra contribución para ser miembro, para tener parte de la propiedad del observatorio”.

“Esto no es por bolitas de dulce. A veces da la impresión de que fuera una especie de regalo de los nativos pero no, los chilenos estamos poniendo algo bien fuerte sobre la mesa, así que corresponde pedir retribuciones”.

Andrés Jordán

En muchos centros los trabajadores son locales: los operadores de los telescopios, los ingenieros y otros encargados de mantener funcionando a los observatorios. Un poco de chilenidad en un ambiente internacional. “Prácticamente todos son chilenos, menos los que toman las decisiones. Eso es lo que marca, los telescopios no son nuestros. Si fuera así seríamos nosotros los que estaríamos arriba de la torre de control manejando el buque”, recalca Galaz.

Un telescopio con bandera chilena

“Somos una embarcación que lleva un potencial astronómico enorme. Estamos felices de tener los telescopios extranjeros pero siempre serán extranjeros. Si apareciera uno que tuviera la banderita de Chile, sola, puesta ahí, sería motivo de orgullo para todos”, dice Alejandro Clocchiatti mientras mueve, entusiasmado, una pequeña bandera imaginaria entre sus dedos.

¿A quién pertenecen los observatorios instalados en Chile?
¿A quién pertenecen los observatorios instalados en Chile?

“Científicamente, se justifica que Chile tenga su propio telescopio, porque nos da autonomía y nos permite tener nuestra propia agenda”, dijo a El Mercurio Mario Hamuy, luego de obtener el Premio Nacional de Ciencias Exactas. Casi un mes después, en su oficina del Centro Astronómico del Cerro Calán, en Las Condes, vuelve a insistir con su propuesta, ya que, explica, más allá de aumentar la disponibilidad de noches durante el año, este telescopio permitiría contar con una agenda de observación propia, que no dependa de las restricciones que puedan poner los observatorios extranjeros para el uso chileno: “Para abordar ciertos proyectos científicos se necesita observar en momentos críticos, cuando esté ocurriendo un fenómeno físico dado. Pero si no tenemos acceso a un telescopio esa noche vamos a perder la información”. Para ejemplificar, el astrónomo menciona al estudio de supernovas —como se le llama a la explosión de una estrella cuando llega al final de su vida—, cuya detección requiere efectuar observaciones por varias noches seguidas sin interrupción, realizando comparaciones constantes.

El LSST es un telescopio que entregará gran cantidad de información a los científicos del mundo. Ésta, estará disponible para todo el mundo.
El LSST es un telescopio que entregará gran cantidad de información a los científicos del mundo. Ésta, estará disponible para todo el mundo.

En 2022, según los planes, comenzará a funcionar el LSST, instrumento que mapeará el cielo del hemisferio sur completo cada tres días durante 10 años. Esto generará información de miles de millones de objetos que requieren de un monitoreo el que, según Hamuy, no puede estar supeditado a una disponibilidad de tiempo. “Poseer un telescopio nuestro, dedicado, nos daría ventaja y le agregaría valor a los datos del LSST. Muchos me dicen: ‘¿Para qué quieren más telescopios si ya tienen suficientes?’: Es porque contando con un telescopio dedicado no tienes que preguntarle a nadie en qué momento hacer la observación”, explica el astrónomo, quien también es el director del Instituto Milenio de Astrofísica, centro de investigación que agrupa a siete universidades chilenas y cuyo propósito es preparar a los científicos en la nueva era del big data, término que se utiliza para definir los grandes volúmenes de información.

En Chile se han armado tres telescopios robóticos: Cata500, CHAT (Telescopio Automático Chileno-Húngaro) y Chakana, los que se mueven de manera automática y ejecutan observaciones del cielo por sí mismos. Ninguno fue construido completamente en el país.

Todos los componentes del telescopio Chakana fueron comprados en Estados Unidos. Las piezas fueron ensambladas en Chile.
Todos los componentes del telescopio Chakana fueron comprados en Estados Unidos. Las piezas fueron ensambladas en Chile.

El primero de ellos tiene un diámetro de 50 cm. y fue diseñado para buscar supernovas por un equipo liderado por los astrónomos Mario Hamuy y José Maza. Se encuentra desde 2011 en el Observatorio Interamericano de Cerro Tololo. CHAT tiene 70 cm. de diámetro y su principal función es buscar exoplanetas, como se le conoce a los planetas hallados fuera del sistema solar. Este proyecto del AIUC está actualmente en etapa de instalación en el Observatorio Las Campanas. Con el mismo propósito fue creado Chakana, telescopio de 60 cm. de diámetro operado por la Universidad de Antofagasta. Se instaló en 2015 en el Observatorio Ckoirama, centro creado y dirigido por dicha universidad. El dinero necesario se obtuvo a través de fondos estatales al igual que en los otros dos proyectos.

Andrés Jordán, quien lidera el proyecto del AIUC, explica sobre CHAT:

Para cumplir con los objetivos científicos que Mario Hamuy plantea, el telescopio chileno debiera tener un espejo de seis metros de diámetro al menos, para poder igualar el tamaño del LSST y así analizar en detalle la luz de los objetos que éste descubra. En estructura, debiera ser muy similar a los Telescopios Magallanes, de Las Campanas. Si algo así se construyera, Chile pasaría de tener tres telescopios robóticos pequeños a poseer el más grande que ha hecho un país sudamericano.

El astrónomo Dante Minnitti, director del programa de Doctorado en Astrofísica de la Universidad Andrés Bello, cree que la idea es fantástica. Además de tener los mejores cielos del mundo y los mejores telescopios extranjeros instalados en territorio nacional, esto convertiría al país en líder en varios proyectos astronómicos.

“¿Qué significa ser potencia? Significa que estás liderando la agenda, que estás liderando proyectos que están en la frontera, no solo participando. Por más que tengas una posición privilegiada, las ideas deben surgir acá y este telescopio es una oportunidad. Es necesario que Chile deje de ser solo un usuario”, recalca Andrés Jordán, aunque aclara que para que esto sea posible se requiere que la comunidad astronómica lo discuta en conjunto, lo que aún no ha sucedido.

El siguiente paso

Otro camino para liderar proyectos astronómicos es construir los instrumentos que los grandes proyectos utilizan, área en la que el país comenzó a incursionar hace una década. “La mejor forma de invertir en ciencia en Chile no es construir un telescopio, porque Chile no tiene la capacidad para hacerlo, lo compraría. Lo que vale la pena es invertir en desarrollo de tecnología chilena en el marco de la instrumentación de telescopios”, estima Leonardo Vanzi, astrónomo del AIUC.

Chile ya ha avanzado en ese camino, como explica Gaspar Galaz:

Leopoldo Infante opina como ellos y además cree que el camino que el país debe seguir es convertirse en socio de los grandes proyectos astronómicos que se instalen en el territorio nacional, lo que lo transformaría en uno de los dueños del instrumento.

Miguel Roth, ex director de uno de los observatorios extranjeros instalados en el país, cree que Chile debería ser parte de un proyecto de telescopio que hiciera algo diferente, para no solo agregar uno de seis metros a los ya existentes. “Eso tendría sentido porque efectivamente abriría una ventana que no existe en este momento”.

Para 2020, con la instalación de los nuevos proyectos, Chile tendrá acceso exclusivo al 70 por ciento de los observatorios astronómicos del mundo. Infante cree que para que esto se aproveche y el país se convierta en una potencia en el área es necesario que la comunidad astronómica nacional aumente.

En Chile hay siete universidades que imparten la carrera de pregrado en astronomía. El primer programa lo creó la Universidad de Chile en 1965; el segundo, la Universidad Católica en 1998. En 1950 había ocho astrónomos, hoy, según estadísticas de la Sociedad Chilena de Astronomía, hay 101 en posiciones permanentes, sin incluir a los investigadores de posdoctorado, lo que aumentaría el número a 208. Según un informe presentado a Conicyt en 2005, liderado por el astrónomo de la Universidad de Chile Sebastián López, para tener una astronomía de calidad un país debería tener entre 10 y 15 astrónomos por millón de habitantes. Chile tiene cinco.

Sin embargo, como indica la revista científica Nature, en la última década las publicaciones nacionales en el área han aumentado más de cuatro veces. La astronomía local ha madurado.

“Para ser una potencia astronómica uno debe tener una comunidad astronómica —agrega Clocchiatti—, una cultura que se reproduzca a sí misma, que tenga gente que sale de la astronomía y entra a otras áreas afines, como la geología o la ingeniería, y viceversa; ser algo integrado de manera firme en el tejido de la sociedad y de la ciencia en el país.”

El astrónomo cree que Chile ha adquirido más experiencia pero que aún le falta aprender de las organizaciones de Estados Unidos y Europa, quienes observaron el cielo chileno y fueron capaces de imaginar los grandes observatorios.

Y los construyeron en Chile.